Hace falta construir más puentes
Vivimos horas aciagas. La violencia lleva largo rato instalada a lo largo y ancho de nuestro territorio. Sus brotes son constantes y se aprecian en múltiples espacios, provienen de diversas fuentes y parece una especie de epidemia que crece sin control. Las historias violentas acaecen en las familias, en las escuelas, en las calles. No parece fácil encontrar los diques para contenerla.
La violencia surge cuando la palabra se agota. Cada vez que no se atisba el modo de recomponer las cosas de un modo razonable brota la tentación de hacerlo con el ejercicio de la fuerza. Lograr convencer a otro es una tarea ardua y demandante de tiempo, emplear la fuerza para lograr una respuesta rápida aparece como un atajo de eficacia.
Tras la violencia hay siempre una claudicación de la razón, una cierta desesperanza en el poder de los medios pacíficos, un desencanto de la posibilidad de que el otro cambie de modo voluntario.
En el mundo aparecen signos preocupantes. No es menor la semántica empleada por nuestro vecino del norte. Su ministerio de defensa se denomina ahora de guerra. Las palabras transparentan nuestras intenciones, nuestro lenguaje es el ropaje de lo que llevamos dentro.
En la política, desde hace algún tiempo, el mundo entero observa un viraje hacia el autoritarismo. La democracia ha mostrado sus límites, la razón es incapaz de conseguirlo todo. Podríamos señalar múltiples problemas que no ha podido contener: la migración creciente y descontrolada, la pérdida masiva de empleos, el advenimiento de situaciones de carencia en medio de un mundo volcado al consumo y al desperdicio. Las contradicciones internas de nuestra vida crispan los ánimos, generan desconcierto, parecen reclamar acciones decisivas que produzcan giros rápidos en la historia.
Los populismos contienen en su interior una narrativa de la autoridad que conlleva inserto un misticismo de esperanza. Nosotros sí somos capaces de generar el cambio que viene gritando nuestro pueblo. Abrazan con sus narrativas, a veces de izquierda, a veces de derecha, el clamor olvidado de sectores sociales que han sido marginados en otros periodos de la historia.
Los narradores intuyen que la sociedad está dividida y encuentran en la crispación, en la polarización un recurso eficaz para lograr fortalecer su mensaje de esperanza a los sectores que los favorecen con su simpatía. Los opositores del populismo participan en el debate esgrimiendo exactamente los argumentos esperados: una crítica feroz, una descalificación completa. Así la polarización cierra su círculo, se instalan los monólogos y resulta más fácil sustituir el diálogo por la descalificación, la contienda democrática por una especia de lucha con adversarios siniestros.
La violencia física es también respuesta de la crispación verbal. Los otros no son compañero de viaje, son rivales. Cada vez es más difícil encontrar palabras que nos pongan a todos en un territorio común. Ese es nuestro reto tender puentes. Puentes que quizá lleve años construir, pero que si no empezamos a edificar solamente ampliaremos las grietas que nos separan y se tornará imposible mirar juntos en la misma dirección. No importa lo difícil que parezca una tarea, dentro de cada uno de nosotros existe la fuerza para poder generar lazos que construyan un proyecto común. Hace falta pensar, mirar al otro y confiar.










