El domingo pasado el presidente Andrés Manuel López Obrador presentó el denominado decálogo para salir del coronavirus y enfrentar la nueva realidad, una suerte de 10 puntos donde daba recomendaciones para sortear la emergencia sanitaria. Un listado que dejó mucho que desear, pues cuando se esperaba un listado de acciones estratégicas, aprovechó para crear un adéndum de su cartilla moral. 

De ninguna manera se podría criticar que el gobierno promueva valores entre los mexicanos. Debemos reconocer como loable el promocionar una sana convivencia, donde todos respetáramos al otro, al vecino, al amigo; donde se pondera a la familia y el autocuidado. Solo que, en esta ocasión, el orden los factores, sí altera el producto. 

Estamos atravesando la más grave crisis económica y social de los últimos tiempos. Se hubiera esperado el anuncio de medidas temerarias, que no dejara lugar a dudas de que existe un plan para echar a andar el carro de nueva cuenta, pero se quedó a medias. 

Pero creo que la iniciativa del presidente nos plantea una gran oportunidad. Si consideramos que el decálogo está a medias, pues vamos a arremangarnos la camisa, a convocar a todos los que quieran y sueñen en un mejor país, a todos los que tengan algo que decir y nunca han encontrado autoridades que escuchen, a padres, madres, jóvenes, a completar esta visión de país.

El horizonte nacional no cabe en 10 puntos, es más, llenaríamos libros completos como ya se ha plasmado en la Constitución, pero sí puede darnos puntos de comunión entre mexicanos para comenzar a trabajar; lo noble de este ejercicio sería la corresponsabilidad que existiría en los acuerdos. Tanto tiene que aportar el empresariado organizado, como los organizamos de la Sociedad Civil, los colegios de profesionales, los periodistas, los líderes de las colonias, los familiares de víctimas, la academia, el mismo gobierno etc., todos los que aman a México y tienen la voluntad de aportar su granito de arena.

El tamaño de la oportunidad que nos planteó (sin proponérselo) el Presidente es tan grande como los problemas que padecemos todos los días, y viene tan de prisa como el ritmo al que aumentan los rezagos, las injusticias, la violencia y la pobreza que lastima a todos los mexicanos.

Así que es tiempo de convertirnos en una verdadera oposición, pero no en torno a una persona, ni a un régimen, vayamos en contra de los sistemas caducos, arropemos las causas que valen la pena, las que nos levantan a luchar todos los días, y que nos han dado identidad como país. Sí, el Presidente puede seguir siendo un férreo opositor. 

Comencemos a extender el Decálogo. Necesitamos garantizar la paz y seguridad de todos los mexicanos. Acabamos de atravesar el mes más violento de la historia de México, marzo de este año nos debe representar un alto en la estrategia y reconocer que no tenemos la solución, pero que sí existe en algún lugar. La prueba es la paz que existe en otros países. 

Pongamos, por ejemplo, sobre la mesa un Nuevo Tratado de Seguridad Regional con Estados Unidos, con un firme pilar de la corresponsabilidad binacional. Así como fuimos capaces de trabajar sobre puntos en común para alcanzar el T–MEC, de igual forma debemos atender el problema de la seguridad, después de todo, la violencia le cuesta aproximadamente 33 mil pesos a cada mexicano, que asciende 249 mil millones de dólares, equivalentes a un 21 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país. 

Esta realidad alejaría a cualquier país de invertir en México. Además de que el crimen organizado ha provocado éxodos poblacionales, así como cierre de empresas y negocios. Por ejemplo, de acuerdo a estadísticas, la delincuencia cuesta a empresas más de 155 mil millones de pesos, y casi el 5 por ciento de los negocios que fueron víctimas de la inseguridad cerraron sus puertas.

Tomando en cuenta que hasta mayo iban más de 700 mil empleos perdidos, la fuerza para volver a reactivar la economía depende mucho de lo que pueden hacer los empresarios, los negocios, las pequeñas y mediana empresas y como el gobierno se vuelve su aliado.  

De igual forma, este momento evidenció un sistema de salud con amplias áreas de mejora. Un ejemplo son los niños con cáncer, quienes, por razones al parecer burocráticas, dejaron de recibir sus medicamentos y tratamientos. Fueron muchas las manifestaciones que se generaron en todo el país, desde movilizaciones, cierres de oficinas y una huelga de hambre que cimbró la obligación del Estado a garantizar la vida de todos los mexicanos.

Los cuellos de botella no se pueden volver obstáculos para abastecer de medicamentos y equipos médicos a las diversas unidades. Tampoco puede ser el incumplimiento de compromisos, la causa para no tener medicamentos. No se pide nada extraordinario, solo invertir los recursos necesarios para salvaguardar la integridad de los mexicanos, aprendiendo de las mejores prácticas internacionales, y siempre recordando que la principal misión del gobierno es velar por la vida de su población.

También quiero referir que, al ampliar el decálogo, debe cambiar sustancialmente la correlación del gobierno con la sociedad, y con el sistema político en el que se desenvuelve. Que nunca más se vuelva a etiquetar a la gente como liberal o conservador, porque en todas las personas existe talento e ideas valiosas. 

De igual manera, los partidos políticos y opositores al actual régimen, deberían aportar y proponer al mismo tiempo de sus valiosas críticas. No debe ser fácil gobernar a la defensiva, ni constructivo ser una sociedad con recelo. Tan malo es la concentración del poder, como ser una ciudadanía replegada esperando que fracase el gobierno.

Algo en lo que estoy totalmente de acuerdo con el Presidente es en el término nueva realidad, siendo honestos, jamás regresaremos a la normalidad como la concebimos, y este nuevo esquema nos debe permitir tener mayor margen de actuación, ser más propositivos, entrarle sin miedos a los problemas, ver que existe un país que rescatar y depende de nosotros.

¿Nos dieron un decálogo austero? Sí. ¿Lo debemos dejar así? No.