El reverso de la moneda
El maestro no está en el cielo, está en las aulas
En estas fechas, la memoria se vuelve un ejercicio inevitable. Recordamos a nuestros maestros, a los que nos enseñaron el abecedario en el aula y a los que nos mostraron los relieves de la realidad en la escuela de la vida. Este próximo 15 de mayo celebramos su día, pero más allá del festejo protocolario, es urgente reflexionar sobre su figura. El maestro es, como he sostenido en otras entregas de esta columna, mucho más que un educador: es el último puerto seguro. En un país donde la violencia doméstica y las carencias económicas asfixian a las infancias, el aula se convierte en el único refugio donde el alumno puede escapar de las calamidades que, desafortunadamente, habitan en sus hogares. Son el elemento de cohesión que evita que el tejido social termine de desmoronarse.
La semana pasada fuimos testigos de una controversia que retrata de cuerpo entero la ligereza con la que a veces se trata al sector educativo. Se pretendió mutilar el calendario escolar bajo un argumento que rayaba en lo absurdo: adelantar el fin de cursos para evitar las altas temperaturas y —según se dejó entrever— para que los alumnos no se perdieran el próximo mundial de fútbol (solo por televisión ya que los precios en los estadios son exorbitantes). La presión de la sociedad civil y de organizaciones especializadas fue contundente, logrando que el Gobierno Federal reculara para mantener el calendario original.
Esta decisión, aunque corregida, nos obliga a mirar el reverso de la moneda de nuestro sistema educativo y nos deja reflexiones que no podemos dejar pasar:
La escuela como sostén de la estructura social. Se dice con ligereza que la escuela no es una guardería, pero en la realidad operativa de las familias mexicanas, cumple una función de cuidado vital. Sin las aulas abiertas, la economía familiar se tambalea. Ante la ausencia de un sistema nacional de cuidados robusto, los padres y madres se enfrentan a la disyuntiva de salir a buscar "el pan y la sal" o quedarse a cuidar a los hijos. Cuando la escuela cierra innecesariamente, las infancias quedan al cuidado de terceros o, en el peor de los casos, a su suerte, vulnerando su seguridad y bienestar.
El fantasma de la deserción. Los datos son fríos y alarmantes: la deserción escolar no ocurre por generación espontánea, se alimenta de la falta de incentivos y de la pérdida de continuidad. Un receso tan drástico como el que se proponía no es un descanso, es una barrera. Si no motivamos la permanencia diaria, estamos facilitando que el estudiante pierda el vínculo con el aprendizaje, especialmente en esas etapas críticas donde un día fuera del aula puede significar el fin de su trayectoria académica.
La factura pendiente del rezago postpandemia. Apenas estamos entendiendo el impacto real del COVID-19 en la educación. No solo perdimos nivel académico y capacidad de estudio; perdimos habilidades de convivencia y salud mental. Reducir el tiempo de instrucción es, sencillamente, un golpe a la competitividad del país. La educación es el indicador principal del desarrollo integral: al disminuir las horas de clase, impactamos directamente en la escolaridad real de la población y, por ende, en su calidad de vida futura.
Debemos entender que las consecuencias de alterar el calendario escolar son sistémicas:
- Impacto Laboral y Docente: Se generan cargas administrativas extraordinarias y se pone en duda la estabilidad de los ajustes salariales, presionando aún más a un magisterio ya de por sí exigido.
- Productividad Económica: Existe una relación directa entre el calendario escolar y la productividad nacional. Si los padres deben reducir sus jornadas para cubrir las ausencias escolares, la economía general resiente el golpe.
La escuela es el motor de movilidad social y equidad. Es la herramienta más poderosa que hemos inventado para reducir las brechas de desigualdad, ofreciendo un piso común donde el conocimiento no depende del nivel socioeconómico. Es el espacio donde se gesta el pensamiento crítico y la alfabetización mediática, herramientas indispensables en esta era de desinformación para enseñar a nuestros jóvenes a distinguir entre los hechos y la propaganda (y la amenaza de la inteligencia artificial).
Por todo lo anterior, no basta con celebrar un día al año. Es necesario exigir a los gobiernos condiciones generales dignas para el sector: infraestructura que soporte el clima sin sacrificar días de clase y políticas que protejan el tiempo de instrucción. Valoremos el trabajo de los profesionales de la educación que, día tras día, funcionan como catalizadores de una sociedad mejor. Agradezcamos su esfuerzo y recordemos siempre que, aunque la retórica a veces intente elevarlos a niveles etéreos, la realidad es más terrenal y valiosa: el maestro no está en el cielo, el maestro está en las aula.






