Ganar gobiernos, perder el futuro
El PAN es un partido de tradición opositora. Primero lo fue frente al PRI y al régimen. Obtuvo espacios de representación popular gracias, inicialmente, a la apertura política derivada de las reformas electorales. Con el tiempo, ganó la confianza de los electores que rechazaban al PRI como partido del oficialismo, subordinado al presidente de la república, quien en realidad fungía como su jefe político.
El partido blanquiazul avanzó electoralmente hasta que el propio sistema dominante tuvo que reconocer sus triunfos en elecciones estatales: Chihuahua, Baja California, Querétaro, Jalisco y Guanajuato. En los comicios presidenciales de 2000 ganó la Presidencia de la República y, en 2006, volvió a conservarla.
Con la llegada del panista Vicente Fox al Poder Ejecutivo (2000-2006), no cambiaron las formas ni las prácticas del viejo régimen. Los gobernadores terminaron imponiéndose al presidente panista, quien había ganado las elecciones, pero no el poder real. Este seguía en manos de los líderes priistas y de las élites empresariales dominantes, incluidos los dueños de los medios de comunicación. Con Felipe Calderón, la subordinación se repitió. Debilitado por el inicio de la guerra contra el narcotráfico, nunca logró consolidar el control político del país y fue percibido como un mandatario errático.
En 2012, el PRI recuperó la presidencia, pero gobernó con la lógica agotada del viejo régimen. Cuando el contexto nacional e internacional exigía actualizar las decisiones de Estado y de gobierno, se privilegió la lógica operativa del presidencialismo. Al parecer, predominó la idea de que, si el sistema había funcionado durante casi cien años, debía continuar igual. En parte tenían razón; sin embargo, la sociedad, los medios alternativos y el internet ya reflejaban otros tiempos y dinámicas de información impulsadas por las redes sociales. Los medios tradicionales aún influían en la opinión pública, pero ya no eran los únicos ni los más creíbles. Mientras PRI y PAN seguían siendo fuerzas mayoritarias, Morena crecía de manera sostenida en elecciones locales.
Todo cambió cuando el triunfo del principal líder opositor de izquierda se volvió inevitable. Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia. Sus adversarios apostaron por su fracaso y emprendieron una ofensiva constante para desestabilizar su gobierno, pero ocurrió lo contrario: lo fortalecieron mientras ellos mismos se debilitaban. Perdieron tiempo valioso tratando de entender y asimilar su derrota, en lugar de redefinir su papel como oposición.
Tan aferrados permanecen al pasado que rechazaron la reforma política presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum. Una postura limitada, centrada en conservar los espacios de sus élites partidistas y mantener los beneficios del financiamiento público. ¿Tienen alternativas? Desde luego. En política nadie gana ni pierde para siempre. Sin embargo, desperdician las oportunidades incluso cuando triunfan en elecciones estatales y municipales.
Existen estados y ayuntamientos con altos niveles de apoyo para el PAN, pero suelen impulsar cuadros políticos sin capacidad de crecimiento como opción nacional. Así reducen sus propias posibilidades de consolidarse como oposición. No saben construir liderazgos sólidos desde sus gobiernos. No existe una sola figura con proyección clara hacia las próximas elecciones locales y federales.
En el Estado de México, por ejemplo, el PAN tiene al menos tres municipios con altas probabilidades de triunfo en 2027: Huixquilucan, Metepec y Atizapán de Zaragoza. El PRI, ninguno. Lo mismo ocurre en entidades como Chihuahua, Aguascalientes y Querétaro. Aunque esos gobiernos estatales y municipales están en manos panistas, ninguno destaca por acciones que marquen una diferencia real frente a Morena. En esos lugares gana el partido de las clases medias, no el PAN ni sus candidatos.
¿Pueden competir? Sí, pero solo competir. No son protagonistas; apenas alcanzan a ser candidatos.










