El rostro de la corrupción
Caminaba por la calle de regreso de mi trabajo a mi casa. En el camino me encontré con múltiples personas que vendían dulces en las esquinas. Siempre me produce una fuerte impresión encontrar adultos mayores en las calles buscando obtener recursos para su sustento. De todos los rostros humanos con los que me topé me impactó especialmente el de una señora, acompañada por su pequeña hija que pedía dinero para poder comer. Ignoro su historia, pero resulta inevitable pensar que algo no está bien cuando sigue habiendo muchos que no tienen para comer, ni un modo adecuado para resolver esa necesidad primordial.
¿Por qué teniendo tantas cosas en nuestra patria y viviendo al lado de la economía que durante años ha liderado al mundo no hemos sido capaces de generar una situación de bienestar más generalizada? ¿Qué sucede? ¿Qué nos ha fallado?
La corrupción, mal que ha aquejado por mucho tiempo nuestro país y que tiene dimensiones colosales, tiene sin duda un papel relevante en esta situación. El desvío de recursos para resolver beneficios individuales en contra de necesidades comunes produce innumerables injusticias.
Nunca se me olvidará, hace ya casi cuarenta años, un viaje a la sierra de Chiapas confiando en un mapa oficial donde se mostraba una carretera asfaltada que era una brecha que no había sido pavimentada. Me queda claro que el gasto se reportó, el dinero se erogó, pero la carretera no se terminó. ¿Cuántas situaciones como estas habrá a lo largo de nuestra historia?
Esta inoperancia se extiende a otros ámbitos; por ejemplo, se logran construir enormes hospitales, incluso con personal adecuadamente capacitado, pero en la mayoría de ellos faltan insumos básicos para poder atender a quienes enferman. La corrupción permite las obras fastuosas, pero siempre falla en la operación correcta. Es triste que las carencias de la salud pública sean un asunto permanente.
La corrupción es una de nuestras más grandes taras. Se trata de un mal mencionado por todos, pero perseguido por pocos y cuya presencia continúa socavando los distintos proyectos políticos. La corrupción tiene diversos alcances y múltiples aristas. Es un monstruo de mil cabezas que tiene un enorme poder de destrucción, transforma las redes de crecimiento en telarañas que lo inhiben. Hace que las cosas buenas devengan en algo peor.
Una consecuencia relevante consiste en la cantidad de trabas que genera para poder emprender algo, lo cual se manifiesta en la constante presencia de la corrupción para la obtención de tantos trámites. Una de las manifestaciones perversas de la corrupción es que vuelve innecesariamente onerosa la tarea, de por sí compleja, de arriesgarse a generar algo nuevo. Además, todavía no contamos con una estrategia consistente que permita propiciar las condiciones necesarias para facilitar que los nuevos negocios vuelen.
Es verdad que como país hemos alcanzado una mejora notable en muchos rubros y se ha abatido la corrupción para obtener el pasaporte o la licencia de conducir. Hay todavía muchos otros ámbitos donde esta posibilidad no ha sido alcanzada y sería deseable poner manos a la obra para que los recursos sirvan para generar más riqueza, crear más trabajos y provocar un mejor futuro.
Las carencias duelen, pero es más doloroso constatar que podrían haberse remediado si no se hubiera lucrado con el futuro de tantos para obtener beneficios exclusivamente personales. La corrupción tiene el gravísimo defecto de ser dinero mal habido y de sustraer recursos a la generación de riqueza. Este dinero malversado nos empobrece a todos, robándonos oportunidades, desaprovechando el tiempo y fracturando nuestros deseos de ser mejores y más productivos.
Por eso, mirar el rostro de esa señora y su hija no es únicamente un ejercicio de compasión, es también la oportunidad de convertirla en recordatorio para generar más bienestar y contribuir al logro de un mejor futuro para todos.










