El valor de educar para la equidad e igualdad
En la intrincada edificación de la República, donde convergen la historia y el porvenir, no hallaremos cimiento más perenne ni columna más vital para sostener la vigencia de nuestras libertades que la educación. No me refiero únicamente a la instrucción técnica o a la acumulación enciclopédica de saberes, sino a esa fuerza moral y transformadora que permite a un individuo, independientemente de su origen, reescribir su destino y, con ello, alterar el rumbo de la historia colectiva. Porque solo con educación es posible cambiar el horizonte de nuestro país; solo forjando personas cada vez más capaces, competentes (en el sentido más amplio y humanista del término) y profundamente comprometidas con los valores de justicia, podremos afrontar los monumentales desafíos que hoy nos asedian.
Para quienes abrazamos la socialdemocracia como brújula ética y política, la premisa es innegociable: la educación es el motor indiscutible de la movilidad social y de la igualdad sustantiva. No aceptamos, bajo ninguna circunstancia, la premisa derrotista de que el código postal de nacimiento deba ser la sentencia del futuro de un niño. La democracia social afirma las condiciones de igualdad vital para todas las personas desde antes de su nacimiento y hasta su deceso. Por eso, en Movimiento Ciudadano reconocemos la importancia capital de la cultura del esfuerzo y del mérito individual como los únicos motores encomiables para el ascenso social.
Sin embargo, el mérito sin oportunidades es una quimera cruel. No podemos hablar de meritocracia si el terreno de juego está inclinado por la desigualdad estructural. Postulamos, con firmeza inquebrantable, que la escuela pública debe asegurar la formación humana, técnica y científica de la más alta calidad, no como un privilegio de las urbes, sino como un derecho omnipresente en cualquier rincón del territorio nacional.
La educación no es un conjunto de escuelas aisladas de su entorno, ni las y los estudiantes son ajenos a las circunstancias, a menudo hostiles, que los rodean. Hoy advertimos, con preocupación crítica, que es cada vez más difícil acceder a una educación de excelencia sin condiciones suficientes de seguridad que garanticen la integridad de la comunidad escolar; sin un sistema de salud que proteja el desarrollo físico de nuestros jóvenes; sin una infraestructura digna de aulas y laboratorios que inviten al conocimiento; y sin un magisterio reivindicado, mejor preparado y, por justicia elemental, mejor pagado.
El medio más potente, justo y solidario para afirmar la igualdad de largo plazo es garantizar una educación pública inclusiva desde los primeros años de vida. Pero esto exige una visión de Estado que entienda que el aprendizaje y el desarrollo de las capacidades individuales de cada alumna y alumno no es un asunto privado, sino un compromiso colectivo ineludible.
Educar para ser iguales implica también educar para ser libres. El proyecto que defendemos entiende a la creación artística y a la promoción de la cultura en todas sus manifestaciones como un derecho fundamental y una prioridad vital. Las artes plásticas, literarias, musicales, escénicas, etc., son la expresión última de la libertad y el diálogo necesario entre las identidades que conviven en una sociedad plural.
El Estado no debe imponer ninguna agenda ni dictar la dirección política de la educación; su deber es favorecerla, protegerla y ampliar los espacios donde nace. Debemos rechazar la tentación autoritaria de confundir la promoción cultural con la imposición de versiones oficiales que ahogan la diversidad. Por el contrario, el Estado debe potenciar la libertad de pensamiento, la investigación científica basada en la evidencia, no en dogmas, sino en la ciencia de frontera. Solo así generaremos la tecnología útil para el desarrollo y la competitividad que México reclama a gritos.
Estamos ante una encrucijada histórica. Podemos seguir lamentando las carencias, observando cómo se desmorona el tejido social ante la ignorancia y la violencia, o podemos asumir la responsabilidad de construir. El derecho a la educación debe concitar la colaboración articulada de la sociedad y del Estado en cada barrio, en cada comunidad.
La educación es el camino largo, arduo y constante, pero es el único que nos lleva a buen puerto. Es hora de dejar atrás la retórica vacía y pasar a la construcción sustantiva de un modelo educativo que nos haga libres y, sobre todo, que nos haga iguales.
Hagamos que el conocimiento sea nuestra mayor fortaleza.
¡Sumate!
facebook.com/FerGarciaCuevas
instagram.com/fer_garciacuevas










