Enseñanza filosofía del Derecho en México (II): de dogmas a emancipación
La filosofía del Derecho en México enfrenta un problema estructural que se refleja en los programas de estudio y en la bibliografía más difundida en las escuelas de Derecho. Cuando se reconoce la importancia de formar juristas con capacidad crítica, la enseñanza suele limitarse a un enfoque histórico o descriptivo, sin fomentar un diálogo con los problemas contemporáneos de la sociedad mexicana. Esto genera una formación deficiente, incapaz de vincular la reflexión filosófica con los retos prácticos de un país marcado por desigualdades y crisis institucionales.
Los programas universitarios tienden a reproducir esquemas rígidos. Se privilegia la exposición de autores clásicos europeos o norteamericanos, como Kelsen, Hart o Dworkin, sin contextualizar sus aportes en la realidad nacional. El estudiante se enfrenta a teorías presentadas como dogmas, más que como herramientas para pensar críticamente el Derecho. Así, la filosofía jurídica se convierte en un ejercicio memorístico y de convalidación de conceptos, donde lo importante es repetir definiciones y clasificaciones, en lugar de cuestionar las bases del orden jurídico y su función social.
La bibliografía más popular refuerza este problema. Los manuales de filosofía del Derecho que circulan en México suelen ser compilaciones simplificadas de doctrinas extranjeras, redactadas con un estilo esquemático que privilegia la claridad expositiva, pero sacrifica la profundidad crítica. Estos textos consolidan una visión reduccionista de la disciplina. El estudiante aprende que la filosofía del Derecho consiste en distinguir entre positivismo y iusnaturalismo, o en repetir categorías de la teoría pura del Derecho, sin que se le invite a pensar cómo esas categorías se relacionan con fenómenos como la corrupción o la crisis de legitimidad institucional. Es más, se le inculca una aparente certeza: que es imposible superar el dilema.
La consecuencia es grave: se forman juristas sin herramientas para cuestionar el orden jurídico vigente. La filosofía del Derecho debería ser un espacio para interrogar las bases del poder, la justicia y la legitimidad, pero en México se ha convertido en una asignatura marginal, vista como un requisito académico más que como un campo de reflexión indispensable. El resultado es una generación de abogados que dominan técnicas procesales, pero que no saben problematizar el papel del Derecho en la reproducción de las desigualdades sociales.
Los programas de estudio se encuentran atrapados en una lógica neoliberal. Se privilegia la formación de profesionales 'competitivos' en el mercado laboral, capaces de aplicar normas y procedimientos, pero no de cuestionar el sistema jurídico en su conjunto. La filosofía del Derecho, en este contexto, se reduce a un adorno académico, elegante pero incapaz de disputar el sentido de la juridicidad frente a las exigencias de justicia social. Esta subordinación de la reflexión crítica a las necesidades del mercado muestra cómo la educación jurídica ha sido colonizada por una visión instrumental, que concibe al Derecho como un simple mecanismo de regulación de las relaciones sociales.
Frente a esta situación, es necesario replantear la enseñanza de la filosofía del Derecho en México. Los programas deben incorporar una perspectiva crítica que dialogue con la realidad nacional. No basta con enseñar a Ferrajoli o Alexy, es indispensable confrontar sus teorías con los problemas concretos de México: la violencia de género, la impunidad, la crisis ambiental o la precarización laboral. Solo así la filosofía del Derecho puede convertirse en una herramienta viva, capaz de iluminar los dilemas éticos y políticos que enfrenta la sociedad.
La bibliografía también debe diversificarse. Es urgente superar la dependencia de manuales simplificados y abrir espacio a textos que permitan un análisis profundo de las tensiones entre el Derecho, el poder y las condiciones materiales que sostienen la vida social. La obra de pensadores autóctonos debería ocupar un lugar central, no como figuras históricas, sino como interlocutores vigentes en la discusión sobre la función del Derecho en sociedades periféricas. Asimismo, se debe fomentar la lectura de autores críticos contemporáneos que cuestionan el papel del Derecho en la reproducción de la sociedad capitalista, tanto en México como en otros contextos.
La filosofía del Derecho debería enseñarse como práctica emancipatoria. No es suficiente con transmitir teorías, es indispensable que los estudiantes aprendan a cuestionar las estructuras jurídicas que perpetúan la injusticia. La filosofía jurídica debe ser entendida como un ejercicio de crítica social, capaz de revelar cómo el Derecho puede convertirse en instrumento de dominación, pero también en herramienta de transformación. Esta visión exige que la enseñanza se aleje de la neutralidad aparente y asuma un compromiso con la justicia, reconociendo que el Derecho no es un sistema abstracto, sino una práctica situada en contextos históricos y culturales concretos.
En este sentido, la filosofía del Derecho debe ser enseñada como un espacio de resistencia frente a la colonización de la educación jurídica. La tarea no consiste en formar técnicos del Derecho, sino en cultivar juristas capaces de pensar críticamente las relaciones entre norma, poder y sociedad. Esta perspectiva implica reconocer que la filosofía jurídica (como filosofía) no es un lujo académico, sino una necesidad política en un país donde el Derecho ha sido utilizado para legitimar desigualdades y perpetuar privilegios.
En conclusión, la enseñanza de la filosofía del Derecho en México se encuentra atrapada en programas rígidos y bibliografía reduccionista que limitan su potencial crítico. Esta situación responde a una lógica pragmatista que concibe la educación jurídica como un instrumento para el mercado, más que como un espacio de formación ciudadana. Superar este modelo exige replantear los contenidos, diversificar las lecturas y recuperar la dimensión emancipadora de la filosofía jurídica. Sólo así será posible formar juristas capaces de pensar el Derecho como instrumento de justicia social y no como mera técnica de regulación. La filosofía del Derecho, enseñada críticamente, puede convertirse en herramienta para transformar la realidad mexicana, en lugar de perpetuar sus contradicciones.






