Futbol, capitalismo y enajenación en 2026
Hoy por hoy, los campeonatos deportivos son también grandes espectáculos y formidables negocios. El deporte se subordina a la dinámica económica: la actividad deportiva es necesaria como referencia simbólica, pero lo importante no es la práctica del deporte sino su consumo como un show, un negocio en el que los aficionados son clientes de las empresas que participan. Los jugadores, los equipos, los partidos y los torneos son mercancías, igual que las marcas y el conjunto de servicios vinculados. El futbol profesional está subsumido a la lógica de acumulación de capital, como cualquier otra industria en el mundo burgués. Ni hablar de los usos políticos del futbol profesional o de la influencia geopolítica de la FIFA, en tanto emporio corporativo mundial.
No olvidemos que el estadio más emblemático de México oficialmente ya no se llama Azteca, pues ahora lleva el nombre de un banco, cambio que da cuenta de las formas culturales del capitalismo contemporáneo. Incluso, en las reglas del deporte en tanto deporte también se innova en función de su capitalización comercial, piénsese en las 'pausas de enfriamiento' y, en general, la manipulación de los tiempos en los partidos. Es más, como parte de su evolución, el juego se ha reconfigurado en su estructura práctica y dinámica interna, en el sentido de que la racionalidad instrumental, la efectividad, domina el juego, determina la forma en la que se juega y hasta moldea a los jugadores al imponer fines extra deportivos inexorables que condicionan la táctica y la estrategia. El jogo bonito, el futbol cadencioso y el rol de 10 no volverán a las canchas profesionales.
Los mismos deportistas son tratados como mercancías: los equipos invierten en ellos, los producen, para luego capitalizarlos al mantenerlos bajo su propiedad o bien especulan con ellos y los intercambian como cualquier otro objeto de comercio. Pero también sucede que los jugadores exitosos se ven lanzados a vivir la experiencia profesional como empresarios de su propia marca, son convertidos en una marca, tienen representantes, y se comportan según las reglas convencionales de la publicidad y la mercadotecnia. Jugar futbol, entrenar y cumplir con las cláusulas de los contratos son obligaciones jurídicas mediadas por un salario o un sueldo y múltiples prestaciones; no se trata simplemente de divertirse o hacer realidad los sueños de infancia. Los entrenadores son los capataces, responsables de darle eficiencia al juego y obtener resultados, mientras que, los visores son los cazadores de talento, esto es, los encargados de identificar fuerza de trabajo explotable y potenciales prestadores de servicios profesionales. Todos son simplemente piezas en una gran maquinaria, eventualmente reemplazables, sometidas no sólo a la ley de la oferta y la demanda, sino a la ley del valor que se valoriza.
Por su parte, los fanáticos no suelen jugar futbol, en tanto aficionados viven del recuerdo de los juegos infantiles y de juventud, así como de la frustración cotidiana de una vida sumergida en la miseria existencial y la negación continua. La mayoría ve en el espectáculo una oportunidad, la fuga de la realidad que buscan, una especie de realización indirecta de la libido colectiva y una representación simbólica de una cierta comunión inexistente. Lo que no siempre ven es que ellos mismos en tanto masa se encuentran integrados al espectáculo, son parte del montaje y pagan por serlo. Consumen una experiencia en cuya producción y difusión ellos mismos participan. El espectáculo deportivo no suspende la realidad ni implica una ruptura con ella, pues se trata de una dimensión constitutiva de la sociedad capitalista que comparte su enajenación, como una práctica cultural inseparable de la explotación económica y la dominación política. Aún más, la exclusividad de la experiencia se consume de forma fantasmagórica, pues se captura en un video que luego es proyectado en redes sociales, a través de un teléfono inteligente que sirve de mediación entre el evento que se vende como espectáculo y el consumidor que paga por coleccionar experiencias in situ.
Pero el consumo del espectáculo deportivo es también una manifestación de la segmentación social. Los eventos exclusivos sirven para ostentar distinciones de clase: asistir a los partidos del Mundial de futbol, a la inauguración o al partido final es poseer un estatuto social, ser parte de algo inaccesible para las masas. No todos los fanáticos pueden entrar a los estadios; muchos acuden a lugares públicos recreados para pasar los partidos en grandes pantallas; otros van a lugares más acotados y otros ven los juegos en casa. En todos los casos, el acceso al espectáculo tiene un precio, pero también lo tienen los servicios vinculados a la experiencia. La inmediatez del espectáculo es un factor determinante del precio de la experiencia. Algunos pueden vivir el espectáculo en vivo y en directo, pero muy pocos pueden hacerlo desde el lugar mismo del acontecimiento. La experiencia más inmediata es la más auténtica y la más auténtica es la más cara. La desigualdad no solo está en los ingresos de cada persona o en su lugar en la producción de riqueza, sino también en el acceso a ciertos espectáculos, en particular a ciertas maneras de vivir la experiencia, y el costo que ello tiene: absolutamente nada para algunos, una pérdida significativa de patrimonio para muchos y un endeudamiento significativo para la mayoría. En este sentido, la sociedad del espectáculo de Guy Debord es un conjunto de relaciones sociales mediadas por imágenes estratificadas, donde la apariencia, el estilo de vida, la representación del capitalismo a nivel de consumo obnubila su esencia opresora en el ámbito de la producción.
¿Y dónde queda el deporte que es expresión de libertad? Seguramente no en el futbol profesional y menos aún en la FIFA. No está en los estadios en tanto escenarios inaccesibles a experiencias contingentes que dotan de estatus a los asistentes; tampoco está en la comunidad aparente de los 'festivales de aficionados', que canalizan el deseo de vida para domesticarlo mediante su desahogo en eventos multitudinarios, administrados y por ello socialmente inocuos. Los videojuegos ahora se ven como un deporte, pero nada tienen que ver con practicar futbol; lo mismo puede decirse de los videos en que se comentan partidos y jugadas; se trata de estrategias de escape y evasión que poseen sus propios circuitos de acumulación. Es curioso ver cómo el desarrollo del futbol profesional a nivel global contrasta con el deterioro de la salud y las condiciones materiales de vida de la población proletarizada, a quien solo le queda compensar su impotencia de ser a través de la contemplación pasiva y la participación irreflexiva en el fetichismo del mundo del capital.
En la inauguración del Mundial 2026 en México, mediante entrevistas a los asistentes, 'Proyecto Escolar' y Roberto Samman, entre otros, evidenciaron la desigualdad social que reina entre los aficionados mexicanos, así como la ignorancia y el desdén de la burguesía futbolera frente a los grandes problemas nacionales y las necesidades populares, pero, sobre todo, la degradación cultural de la élite, incapaz de distinguir entre la realidad y el espectáculo que la proyecta a la vez que la encubre. La fuerza del cambio social no saldrá del espectáculo ni la comunidad emergerá de la apariencia contingente de un Fan Fest. En el contexto de las protestas en la capital del país quedó clara la indiferencia de los fanáticos ante sus reclamos, así como el potencial reaccionario de las masas sin conciencia de clase. El futbol es un juego y se vive cuando se practica; ahí es donde la identidad y la pasión comunitarias se forjan; el equipo como sujeto colectivo es resultado de interacciones concretas; a su modo, en las calles y en las canchas populares, el deporte anuncia un mundo en potencia que no es el de la enajenación del fútbol comercial en tanto dispositivo de la sociedad del espectáculo.
@Raymundo_EH










