Impunidad e impudicia
No importa tanto qué sucede, sino las condiciones que lo hacen posible. Como tal, es delirante, por decirlo amablemente, el texto de la carta que firmó Andrés López Beltrán. Es un documento que desafía el más elemental sentido de la política. No obstante, el hijo del expresidente recibe el generoso apoyo de los suyos. El respaldo, mucho más que una adhesión es la determinación de defender con todo al régimen que ahora sí se advierte amenazado. Ocurrió con el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, a raíz de la carta incriminatoria de El Mayo, que resultó veraz al menos en un tema fundamental: que el diputado Melesio Cuén había sido asesinado en la finca de su secuestro y no, como sostenía la fiscalía estatal, producto de un asalto en una gasolinera, para morir después en un hospital. La FGR no investigó a pesar de que validó la versión del capo secuestrado y que fue evidente el encubrimiento del homicidio. Se puede afirmar, sin exageración que la FGR encubrió al encubridor. En estas horas se sabe de la aprehensión del conductor de Melesio Cuén ¿ahora si van a investigar el homicidio de Cuen o su encubrimiento?
Perder el sentido de los límites para una persona es incursionar en terrenos complicados, es la barrera que, en ciertas circunstancias, vuelve criminal a la persona. La impunidad, jurídica y social parte de la idea de que no habrá consecuencias por transgredir el territorio de lo debido. La pérdida de piso hace alejarse del sentido ético que obliga a toda persona, más a quienes están investidas de autoridad o de representación. Cuando sucede en un grupo o movimiento significa que la mayoría se domicilie en el cinismo que, al ser compartido, crea la expectativa de que el anonimato blinda, hasta que llega la realidad e impone una responsabilidad individualizada.
Como nunca, se ha perdido el valor de la palabra, se vive en tiempos de impudicia. Es lo que se infiere de las cartas recientes a Donald Trump de López Obrador y de López Beltrán. Asumen que todo puede decirse, sin reparar en las consecuencias para ellos y para lo que representan. El problema se vuelve mayor cuando lo profiere una autoridad porque quien habla no es a título personal, sino por la institución o la nación. Hablar despectivamente de una persona, de un gobernante o de un país es indeseable, todavía peor tratándose del vecino, socio y amenaza. Acto de irresponsable provocación.
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