La Magnifica Humanitas: una tecnología con corazón
Hace unas semanas se publicó la primera encíclica de León XIV. El centro de su reflexión, como ya lo anunciaba la elección de su nombre, busca “interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica” y cómo están transformando vertiginosamente nuestro mundo. En su escrito valora la técnica, pero advierte sobre su omnipresencia y alerta respecto a la posibilidad de que se convierta en la conformadora de nuestra entera existencia, terminando por marginar la dignidad de la persona y comprometiendo el bien común.
Busca iluminar, no condenar; pero también alertar respecto a derroteros no siempre adecuados. Su primer llamado es al discernimiento, a no abandonar nuestra capacidad reflexiva ni limitarnos a observar desde lejos este cambio de época. Estamos frente a una nueva era y es lógico preguntarnos: “¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?”.
Con una potente imagen, ilustra dos posibles caminos. El primero: volver a edificar una nueva torre de Babel sustentada sobre el orgullo y el afán de poder, donde su propia dinámica termina excluyendo y dificultando la comprensión entre las personas. O, en cambio, intentar reconstruir mediante la escucha, la coordinación y la capacidad de conjuntar las diferencias. Propone así la elección entre un mundo donde la violencia y el poder nos rijan, o una civilización donde se busque el diálogo, se valore el encuentro y se intente la integración de todos, buscando el máximo bienestar de cada uno. Ante estas alternativas, destaca la urgencia de no perder lo genuinamente humano, sacrificándolo por un mundo de eficacia o de logros, pero falto de corazón.
Llama la atención la síntesis ofrecida respecto a las enseñanzas de la Iglesia Católica en materia social. Reconoce la autonomía que tienen las cosas temporales, al tiempo que señala la capacidad de la fe para iluminar esas realidades. Presenta su propuesta desde el diálogo de quien busca “la comprensión de la verdad como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar”. No busca controlar; en cambio, procura proponer, sabiendo que la verdad admite un pluralismo donde la variedad es riqueza, y donde la diversidad se integra y puede ser acogida.
Recuerda el valor de los principios perennes de la Doctrina Social de la Iglesia capaces de orientar el análisis de las más variadas cuestiones humanas: la dignidad de la persona y su igualdad con todos los seres humanos; la importancia y el valor de los derechos humanos; el principio del bien común; el destino universal de los bienes; el principio de subsidiariedad, complementado por el de solidaridad, y la justicia social. Todos estos enfocados al desarrollo humano integral.
Uno de los grandes retos de la humanidad es cómo conseguir que el avance tecnológico alcance a todas las personas. ¿De qué modo será posible renunciar a la maximización de los réditos, a la competencia feroz y a la exclusión de muchos en beneficio de unos cuantos?
El texto nos ayuda a mirar cómo estamos frente a un poder soterrado que no siempre domina con una fuerza explícita, pero que termina minando los ámbitos de convivencia. Así, posterga la integración de muchos con la simple promesa de que el bienestar les alcanzará en algún punto de la historia, aunque previamente deban padecer muchas carencias.
Personalmente, me gustó el papel otorgado al esfuerzo humano. Nos recuerda que forjar nuestro carácter requiere de un trabajo continuado. Subraya la necesidad de aquilatar el conocimiento y sopesarlo para hacerlo nuestro. Advierte que saber no es una mera acumulación de datos y cómo la sabiduría también reclama la comparecencia del corazón. Resalta la necesidad del trabajo como lugar de encuentro y de amistad, como espacio privilegiado para aportar nuestra riqueza interior a los demás, y no como un simple eslabón de una cadena productiva. Nos anima a escapar de la insulsa inmediatez.
También denuncia cómo la tecnificación puede ser un factor para hacer el mal con más sofisticación y mayor precisión; en crímenes tremendos como la trata de personas, que reducen a muchos seres humanos a simples mercancías. Estas nuevas tecnologías, si no están bien orientadas, tienen la capacidad de minar inadvertidamente muchas conciencias y provocar serios desequilibrios.
Finalmente, nos invita a pensar en las acciones positivas que están a nuestro alcance. Nos llama a poner manos a la obra hoy, en nuestra realidad concreta, a sacudirnos la indiferencia y evitar conductas de las que mañana debamos arrepentirnos. Estamos al final de un periodo de la historia y podemos cimentar una nueva civilización donde luzca lo mejor de lo humano.










