La responsabilidad de haber estado al principio
Haber sido el primer presidente de MORENA en el Estado de México (EMX) tiene para mí un significado que va mucho más allá de haber ocupado una dirigencia. Representa haber recibido una responsabilidad en el momento en que miles de mujeres y hombres decidían convertir su inconformidad en organización, su esperanza en trabajo cotidiano y su deseo de transformar al país en una fuerza política propia.
En 2012, MORENA todavía no era el partido que hoy gobierna México y el Estado de México (EMX). Éramos un movimiento que debía decidir su camino después de una elección presidencial difícil. Teníamos convicciones, presencia en las comunidades y la experiencia de haber defendido una causa durante años. Faltaba construir una organización capaz de reunir esos esfuerzos, darles continuidad y abrirles paso en la vida democrática del país. En ese contexto asumí la primera presidencia estatal.
Recuerdo esa etapa como una escuela de política y de responsabilidad. Había que escuchar a personas de distintas regiones, impulsar la afiliación, formar comités y lograr que la participación no terminara al concluir una campaña. Cada compañero que convocaba a una reunión y cada compañera que abría un espacio para debatir contribuían a levantar una organización que aún no contaba con los recursos ni con el poder que hoy muchos asocian con sus siglas. El trabajo consistía en sumar voluntades y aprender a construir acuerdos.
El Estado de México (EMX) nos planteaba un desafío enorme. Durante décadas, el poder parecía tener dueño; muchas personas habían llegado a creer que ninguna alternativa podría crecer lo suficiente para disputarlo. Nosotros nos negamos a aceptar esa idea. Organizar MORENA significaba decirles a los mexiquenses que su participación podía cambiar la historia de la entidad. Había que demostrarlo municipio por municipio, mediante trabajo constante y con respeto a quienes se acercaban al movimiento por primera vez.
La elección de nuestra primera dirigencia estatal mostró también que MORENA nacía con una vida interna intensa. Convergían trayectorias y posiciones distintas. No todos pensábamos igual ni teníamos las mismas propuestas sobre la forma de organizar el movimiento. Haber sido elegido presidente en aquellas circunstancias me enseñó que conducir una organización exige reconocer su pluralidad. Una dirigencia tiene que construir confianza y abrir cauces para que las diferencias encuentren una solución democrática.
Después vino la transformación del movimiento en partido político. Ese paso era necesario para presentar candidaturas propias y disputar el poder mediante el voto. También nos imponía una obligación mayor: conservar el vínculo con la gente mientras levantábamos una estructura formal. Un partido necesita reglas, órganos de dirección y disciplina democrática; necesita, sobre todo, recordar que su razón de ser se encuentra fuera de sus oficinas, en las comunidades a las que debe responder.
Por eso, cuando pienso en aquella primera presidencia, no la veo como una distinción personal, sino como parte de un esfuerzo compartido. Antes, durante y después de mi encargo hubo personas que entregaron tiempo, ideas y trabajo sin esperar un cargo a cambio. Muchas de ellas nunca aparecerán en una fotografía de campaña ni serán mencionadas en una historia del partido. Sin su perseverancia, MORENA no habría logrado echar raíces en el Estado de México (EMX).
Los triunfos que llegaron después pertenecen a esa construcción colectiva. La fuerza electoral que MORENA alcanzó en la entidad, y que finalmente contribuyó a cambiar su gobierno, tuvo antecedentes en años de reuniones, desacuerdos, aprendizajes y organización territorial. Haber estado al principio me produce orgullo, pero también me obliga a mirar con seriedad lo que hacemos hoy. Ser fundador no concede privilegios ni vuelve incuestionables nuestras decisiones. Nos hace responsables de cuidar el sentido de aquello que ayudamos a crear.
Esa responsabilidad se vuelve más exigente cuando se gobierna. Si nacimos para combatir la corrupción, debemos enfrentarla también cuando aparezca cerca de nosotros. Si defendemos la participación popular, debemos escuchar a la militancia al decidir el rumbo del partido y sus candidaturas. Si hablamos de justicia social, tenemos que medir nuestro trabajo por la vida concreta de las personas: por sus posibilidades de recibir atención médica, estudiar, trabajar con dignidad y vivir en paz.
A quince años del nacimiento del movimiento, me conmueve pensar en la distancia recorrida. Pero me importa todavía más el camino que tenemos por delante. El Estado de México (EMX) necesita un MORENA abierto a su gente, firme en sus principios y capaz de corregir sus errores. Necesita dirigentes que entiendan que la confianza popular se gana cada día y que ninguna victoria autoriza a tratar al partido como propiedad de alguien.
Fui el primer presidente de MORENA en el Estado de México (EMX) en una etapa en que nuestro futuro estaba por construirse. Haber asumido esa tarea sigue siendo uno de los compromisos más profundos de mi vida política. Lo honro trabajando para que la organización nacida de la esperanza popular permanezca fiel a su propósito: servir al pueblo y ampliar, con él, las posibilidades de un México más justo.










