Los chapulines llegaron ya
Todos hemos conocido alguno. Son unos insectos verdes con antenas más cortas que los grillos. Los chapulines realizan su actividad durante el día, los grillos son más bien nocturnos. Ambas especies han sido vinculadas a la actividad política.
En nuestra fauna política se ha adelantado la temporada de chapulines. Hace unos días fuimos testigos de una andanada de licencias otorgadas a senadores y diputados con el propósito de conseguir un nuevo cargo público. Las elecciones de gobernadores en 17 estados de la república se verificarán en el 2027. Por ley las campañas pueden durar entre 60 y 90 días y las precampañas no deben durar más de dos terceras partes de la campaña.
Con estos datos parece prematura la salida de tantos precandidatos. ¿Qué van a hacer durante todo un año? ¿Cómo van a respetar la ley para no incurrir en actos anticipados de campaña? Desde mi perspectiva la actividad de promoción de una persona no tendría que estar tan regulada, pero no intervengo en la elaboración de la ley. En cambio, los sujetos que ya obtuvieron su licencia sí.
Lo anterior nos conduce directamente a un antiguo problema en México: nuestra relación con la ley. Por un lado, nos fascina reformar la Constitución, por otro, no tenemos ningún empacho de encontrar mecanismos para burlarla. Llama la atención cómo el mexicano cruza el Río Bravo y respeta cualquier ley en Estados Unidos. En cambio, no le cuesta ningún trabajo ser flexible con la observancia de las normas en este lado.
Llevamos muchos años realizando reformas electorales con el propósito de lograr una contienda más pareja. Sin embargo, son muchos quienes encuentran el resquicio en la ley para seguir promoviendo sus aspiraciones antes de los tiempos señalados. No importa que hayan sido ellos mismos quienes propusieron esos candados. La distancia entre la conducta de legislador en funciones de senador o diputado dista de la vivida como candidatos.
Entre los recuerdos más antiguos de política está la lucha para evitar el nepotismo. Una realidad cuya presencia sigue acompañando la vida política del mexicano. Las gubernaturas se pueden alternar entre hermanos, un cónyuge puede suceder al otro, los hijos seguir las huellas de sus padres. Para evitarlo surgen leyes, pero se pospone su entrada en vigor para no afectar a los políticos actuales. Es mejor dejar la ley obligatoria para quienes vienen después.
No es extraño encontrar candidatos que prometen no abandonar su cargo hasta terminarlo. Posteriormente, son víctimas de una amnesia y no recuerdan esas palabras, dichas al calor de una campaña y sin evaluar todas las consecuencias. Notar el pulso de su popularidad, la posibilidad de continuar el servicio a los demás y el deseo de seguir ejerciendo el poder se convierten en un incentivo inmenso para seguir en la brega política.
Al hábito de saltar de un cargo a otro se le conoce como un tipo de chapulinismo. Hay otro aún más complicado, cuando se salta a otro partido para poder alcanzar el anhelado cargo. No importan los colores, es más profundo el afán de seguir sirviendo a la patria.
Hay una parte especialmente inquietante. La capacidad seductora del chapulín ¿cómo le hace para seguir conquistando el voto ciudadano? ¿Por qué los votamos si en las pláticas con amigos los condenamos?
Hace muchos años los políticos alternaban su vida profesional con su intervención en las tareas de gobierno. Hoy hay muchos políticos cuya vida profesional se identifica con los cargos desempeñados. Cuando la política se vuelve profesión se dificulta la alternancia y la participación de otros en esas tareas. Quizá sea bueno volver a encontrar dentro de la política a esas personas capaces de servir en el gobierno y luego volver a su vida de siempre. Así quizá no se perpetúen quienes devoran siempre las hierbas que crecen en el gobierno.










