¿Se puede estar más perplejo?
Enero de 2026 ha comenzado a tambor batiente. Ya hemos tenido el prime telúrico del año. Maduro ha sido capturado en una operación que duró en su ejecución unas cuantas horas y que fue calificada por el presidente que la ordenó como un espectáculo televisivo. Siria ha sido bombardeada para atacar las huestes del Estado Islámico. Trump ha dicho que puede vivir sin el TMEC y que la anexión de Groenlandia es indispensable para la salvaguarda de los Estados Unidos.
Las capturas de migrantes en distintos puntos de los Estados Unidos continúan sin tregua. Al mismo tiempo se levantan protestas en muchos lugares por las consecuencias indiscriminadas de tales acciones.
En México se anuncia una inminente reforma electoral. En el plazo de muy poco tiempo se ha venido llevando a cabo una reestructuración de los principios que rigen nuestro estado. La coyuntura de la mayoría en el poder no ha sido desaprovechada. La oposición sigue vociferando sin un proyecto claro. La polarización crece de manera agigantada en todos lados.
Desde hace tiempo se avizora la decadencia de un periodo de la historia. Las piezas se reacomodan en torno a un mundo que no acaba de caer y frente a una era que no termina de nacer. Cuando los principios que sustentan una civilización se quiebran, muchos se asen desesperadamente a certezas que consideran firmes, aunque no se apoyen en hechos para sustentarlas.
Se acumulan vertiginosamente sucesos y datos. La información proviene de fuentes cada vez más fragmentadas cuya preparación está vinculada a algoritmos que tienen como propósito alimentar el consumo de ideas y no ser materia de análisis y reflexión. En este maremágnum de fuentes y hechos se torna difícil conocer lo que está pasando.
Nuestros hábitos modernos de alimentar nuestra información de las redes sociales facilitan nuestro confinamiento intelectual. Los algoritmos parecen programados para presentarnos aquello que nos agrada y alejarnos de todo lo que nos incomoda. Así es relativamente sencillo vivir en un mundo sin contrastes. Va apareciendo un pensamiento consolidado donde fácilmente corroboramos con otros, que pensamos igual. Incrementamos el riesgo de concluir la uniformidad de pensamiento y educir el disenso a idiotez. Así, se anulan los pensamientos contrarios o son presentados de forma fraccionada para ser ridiculizados o mostrar la fortaleza de nuestro propio argumento.
Es difícil saber lo que realmente acontece. Hace tiempo, la esposa de un buen amigo mío señalaba que procura dar “likes” a música, opiniones o publicaciones que le disgustan, de modo que no se le prive de su presencia. Pensar requiere de la confrontación con el argumento diverso. No se puede elaborar una idea con profundidad si no se toman en cuenta las objeciones al mismo o no se advierte sus puntos débiles.
Cuando uno recurre a fuentes variadas para informarse, hay tanta variedad que no es fácil entender lo que está pasando. En un mundo polarizado donde cada bando considera su punto de vista como absoluto, hay dificultades para tender los puentes que garanticen una mirada común sobre la realidad. La actividad de pensar debe tener como resorte los hechos, no solamente las palabras. Es imposible atestiguarlo todo y, por tanto, es imprescindible comparar distintas fuentes para intentar atisbar la realidad.
Perplejidad es la palabra que mejor describe la realidad en la que me encuentro. Nos cuesta cada vez más trabajo llamar a cada cosa por su nombre. Esgrimir una verdad encontrada puede provocar el recelo de quien no la admite. Nos hacen falta pensar más, rebasar los límites de nuestras propias ideas y mirar de nuevo la realidad para que sea el paradigma de nuestras ideas.










