Más allá del clic está un mundo real
Es notable cómo vivir conectados a las distintas redes ocupa una cantidad creciente de tiempo en nuestra vida. En 2024 la Asociación de Internet MX (AIMX) realizó un estudio acerca de los hábitos de los usuarios de Internet en México. De acuerdo con sus datos, en esa fecha existían 101.9 millones de mexicanos, mayores de seis años, que empleaban la red. De ellos, el 39% invierte más de 9 horas, el 22% entre 7 y 9. Las principales actividades consisten en el envío de mensajes, acceso a redes sociales, el correo electrónico, la escucha de música o radio, la realización de operaciones bancarias y el empleo de mapas de geolocalización.
Si pensamos que el 61% de quienes acceden a internet pasan más de 7 horas, este tiempo es casi idéntico al empleado cada día en dormir. Restan 9 horas para estar al margen de la realidad virtual.
Ante semejantes datos es indudable que nuestra vida se ha visto profundamente transformada por internet. Gracias a su existencia hay una multitud de tareas que pueden realizarse sin necesidad de ningún traslado. La posibilidad de adquirir mercancías o realizar transacciones bancarias en línea nos evita desplazamientos y optimiza nuestro tiempo: muchísimas realidades están a la distancia de un clic.
Podríamos decir que uno de los rasgos de nuestra era es la inmediatez. Es posible conseguir muchas cosas sin necesidad de esperar, aparentemente sin realizar ningún esfuerzo. La computación ha ocultado muchos de los procesos necesarios para conseguir las cosas y solamente nos pone frente a los resultados. Esto, si no somos conscientes, puede tergiversar nuestra percepción sobre la complejidad de las cosas.
Hasta antes de internet los procesos estaban más a la vista de todos. Experimentar los pasos necesarios para conseguir algo era también una forma de comprender el esfuerzo detrás de cada acción. Ahora es más difícil percatarse de todo lo implicado y puede generarse una sensación de que todo es sencillo e instantáneo.
Es verdad que no hace falta conocerlo todo. Mientras escribo ignoro cómo funciona la computadora con la que trabajo y desconozco la programación que permite la operación del procesador de palabras. No obstante, sé que tiene una complejidad y que su desarrollo ha requerido horas de trabajo y mucho conocimiento. El peligro del ocultamiento de lo complejo es que puede favorecer la convicción de que nada es difícil o que el esfuerzo es innecesario.
En un mundo donde todo parece estar a un clic de distancia, la realidad física comienza a parecernos lenta. Es posible que esta experiencia también coadyuve a ignorar los pasos necesarios vinculados al desarrollo de cada persona.
En la vida humana hay una serie de procesos que requieren tiempo. La adquisición profunda del conocimiento reclama un andamiaje ordenado capaz de conferir una visión del mundo y sus problemas. La formación del carácter exige de cada persona cierto autodominio, y éste solamente es asequible si lo intentamos con empeño a lo largo del tiempo.
No todo está al alcance del deseo. Lo inmediato es una condición poco frecuente de la vida más allá de la virtualidad. En el mundo real lo ordinario supone invertir tiempo para lograr los objetivos propuestos. Casi nada ocurre instantáneamente.
No hay duda de las grandes ventajas de internet. Quizá el mayor peligro es su capacidad de hacer posible sustituir el mundo real. Pensar que en las redes se pueden fraguar amistades más profundas que en nuestro entorno inmediato o concebir más ventajoso ese mundo sobre el real porque parece estar siempre a nuestro alcance y tener la capacidad de abreviar muchos tiempos.
¿Cómo recobrar el gusto por el mundo real?
Quizá un buen paseo en la naturaleza, una larga comida con amigos donde surja una buena conversación, recorrer la ciudad con deseos de descubrirla, un rato de deporte. Es bueno sacarle provecho a la red, pero es vital no olvidar exprimir la riqueza tangible del mundo en el que vivimos. Darle una oportunidad al silencio, la reflexión y la pausa.






