¿Se puede mirar sin miedo la vejez?
Nunca habíamos tenido una población tan extensa de adultos mayores. El incremento en la esperanza de vida junto con la disminución de la natalidad provoca un aumento constante de personas en la tercera edad. En México actualmente teneos 17 millones de personas en ese rango que representan el 13 de la población total y las proyecciones indican un sostenido incremento.
Muchos de ellos, a pesar de haber trabajado muchísimos años, no cuentan con una fuente de sustento suficiente para la última etapa de su vida. No es infrecuente encontrarse con adultos mayores que siguen prestando su servicio en empresas de limpieza o que se encuentran en las cajas de los supermercados ayudando a empacar las compras a cambio de una propina. Más inquietante es encontrarlos en las calles pidiendo limosna.
Las situaciones de precariedad son dolorosas, éstas se agravan cuando afectan a individuos que ya no cuentan con las fuerzas suficientes para enfrentar las dificultades y cuyas capacidades irán disminuyendo irremediable y aceleradamente con el paso del tiempo. En cambio, la protección social no crece a mismo ritmo.
Es innegable que para amplios sectores de la sociedad mexicana la pensión universal otorgada por el gobierno a los adultos mayores ha representado un alivio y una ayuda necesaria, cuando ya no es posible que muchos de ellos puedan realizar tareas que faciliten su propio sostenimiento. Detrás de esta realidad salta con fuerza una deuda con nuestros mayores, pues en nuestro país no supimos prepararnos para contar con pensiones dignas para ellos. La ayuda social a la tercera edad es necesaria, pero es un paliativo insuficiente para resolver la falla de nuestro sistema de seguridad social.
Con el aumento de los años advienen una serie de gastos a los que no estábamos habituados. El consumo de medicamentos se convierte en algo imprescindible para el correcto funcionamiento de nuestro cuerpo. Algunas enfermedades podrían haberse prevenido o retrasado con una adecuada prevención. Mejores hábitos alimenticios o hacer ejercicio con frecuencia pueden mitigar algunos males. No obstante, hay situaciones de salud que escapan toda previsión y hacen que el gasto diario aumente y, en múltiples ocasiones, impiden el desempeño de tareas que antes se realizaban con pericia y facilidad.
Uno de los rasgos humanos más nobles es la capacidad de cuidar al vulnerable. Dedicar tiempo al crecimiento de las personas en sus primeros pasos en la vida es una tarea primordial que va acompañada de la ilusión de observar cómo va ganando autonomía y va consolidando su propia independencia. Afrontar el cuidado de una persona mayor conlleva la dificultad de ser testigo de cómo, a pesar del esfuerzo y cariño que se pone en atenderlo, se van acumulando las pérdidas físicas y no se consiguen casi progresos.
¿Cómo conservar la esperanza ante tanta pérdida? ¿Qué se puede aprender de un anciano que cada vez es más vulnerable? Es difícil contar con una respuesta, pero puede ayudar pensar en devolverle algo de lo mucho que hemos recibido de su parte. Es profundamente humano saber dar cuando ya no se espera una recompensa a cambio. Es posible mirar el ejemplo de una vida que sigue apareciendo como valiosa a pesar de todas las limitaciones. Muchas de las mejores conversaciones que me han tocado han acontecido con un anciano; también en la convivencia con algunos de ellos he visto las mejores y más sinceras sonrisas.
Cada vez que se mira a una persona anciana, podemos atisbar nuestro propio futuro. Tratarles bien y con cariño es sembrar algo importante. También es una llamada para pensar como sociedad qué tenemos que hacer para lograr que las generaciones futuras no tengan que ver a tantos adultos mayores vivir en la precariedad.
La confianza es el pegamento que mantiene unida a la sociedad. No como algo teórico, más bien como algo básico y cotidiano, nos recuerda Byung-Chul. Confiar que el otro estará y no soltará nuestra mano cuando la vida se torne difícil. Si el lazo entre generaciones se rompe la vejez se vuelve inquietante. Ver a los mayores con gratitud y cariño es también mostrar la mirada con la que quisiéramos todos ser observados y, con fortuna, con la que contemplemos a los demás.










