Picotazo Político: Qdep
Ya no podemos disimular, estamos jodidos, la noción de ser humano se ha difuminado, lánguida ante una serie de formas propias de la naturaleza del sálvese quien pueda.
De verdad creo que hablar tanto de corrupción nos termina por convertirnos en seres corruptos, y claro que lo relacionamos con el pivote de dar o recibir dinero a cambio de romper un poquito o mucho alguna ley o reglamento.
¡Na! la corrupción a la que me refiero es a la que tranza nuestra pureza de la infancia, de ser empáticos, amables, solidarios, consecuentes, niños o niñas sin egoísmo; contraria a la actitud esa que nos hace ver que nos vale madre todo lo que ocurre con otro ser humano.
El tres de enero de este año , en la alcaldía de Iztapalapa, se asomó justo el guion de lo que arriba le digo, esta maldita jodidez social que parece nos habrá de devorar y no por que se dio en Iztapalapa signifique que el resto de la mancha urbana esté exenta.
Roberto Hernández, un repartidor en moto de 52 años de edad, fue atropellado y arrastrado por un automóvil conducido por Gabriela ”N". Por cierto, permítame la pausa, (porque los puristas del lenguaje deberían exigir una réquiem por la letra "N", tan recurrida por el llamado "debido proceso" para nombrar a todo aquello que huele a presunto responsable de algún delito, debemos exigir un minuto de silencio por la "N").
Regreso a esta dolorosa historia. El cuerpo de Roberto fue arrastrado por más de dos kilómetros y por más increíble que parezca, la mujer no hizo nada ni por detenerse ni mucho menos auxiliar a este ser humano que fue “molido” por chasis del auto compacto… la culpable, sea declarada como autora de homicidio culposo o doloso deberá aclarar porqué no se detuvo, ¿cómo se puede justificar este acto? Repito: estamos frente a la acuarela costumbrista de la más cruda deshumanización, logro de la decadencia social en donde hablar de empatía es impensable.
La vulnerabilidad de los usuarios de motos, incluyome, es el rasgo más común en urbes como la del Valle de México y también es cierto, la urgente necesidad de modalidades en transporte y el auto empleo han convertido las calles y avenidas en vías para enjambres de motohombres o motomujeres y de expresiones suicidas tales como familias enteras montadas en caballos de aluminio con motores de lavadoras, estoy de acuerdo que quien hace eso, de cargar hasta con los bebés merece ir a la cárcel, pero ese es otro tema.
El video tomado por algún otro automovilista, en el que se ven las piernas de Roberto ya sin vida son de la misma manufactura de aquellas de la Edad Media en la que la peste negra provocó que los infectados muriesen en medio de vómitos sangrantes en plena calle, sin que nadie se atreviese a querer auxiliar… la indiferencia mató a el ser humano, ese primitivo lazo que se supone nos hace deferentes de otras especies .
Y dos kilómetros de arrastre dejan otra llaga ¿nadie, de verdad nadie pudo detener el auto de Gabriela sin "N"? ¿nadie pensó que debajo iba un ser humano con posibilidades, no lo sé, de sobrevivir?
Nos jodimos, pero así llevamos algún tiempo, escondiendo el rostro para no sentir que también eso nos toca, que aunque pase en la banqueta de enfrente no dejamos de ser sujetos activos y no solo reactivos cuando la alerta sísmica suena, sino en ese campo de las desgracias de todos los días.
Gabriela, a quien se le giró orden de aprehensión , supuesta enfermera, no ha sido capturada, pero va a ocurrir. Lo que se sabe es que ella, al igual que muchos y muchas, reflejan la psicología de nuestros tiempos, propio de psicópatas urbanos, armados con autos y dispuestos a llevarse a quien, en dos llantas, se les acerque o atraviese.
Las calles en el Estado de México (EMX), así como en la CDMX son escenarios de guerra, de pura sobrevivencia y todo juega para que la muerte ronde, una calle en mal estado, policías de tránsito concentrados en su siguiente víctima de extorsión, delincuentes operando como “montachoques", traileros sin frenos, microbuseros violando todo lo violable del reglamento, histeria al volante, hombres y mujeres texteando mientras conducen, plagas de motociclistas jugando volados con la muerte y sin casco... si, en el corolario, la más brutal indolencia ante el dolor ajeno, ese que hemos visto todos, cuando Roberto fue desgarrado entre el chapapote de la calle y el chasis del auto de una persona que seguramente habría demostrado más compasión por un perro.
Estamos jodidos y lo peor es que está función aún no termina.
Soy Miguel Ángel López Farías, no es regaño , es Picotazo Político.










