Michoacán
Michoacán lleva más de un siglo exportando a sus hijos. La diáspora michoacana en Estados Unidos —forjada desde el Programa Bracero y multiplicada en las décadas posteriores— es parte del ADN del estado. Quien recorre pueblos del oriente, la meseta purépecha o la Tierra Caliente nota enseguida las huellas: casas amplias construidas con dólares, escuelas sostenidas con colectas de clubes de migrantes, festividades locales que dependen del regreso estacional de “los del norte”. Esta migración masiva no fue casual ni episódica: nació de una persistente falta de oportunidades. Durante décadas, Michoacán ofreció poco a sus jóvenes más emprendedores: agricultura de subsistencia, escaso empleo industrial y una pobreza crónica. Ante salarios miserables, cruzar la frontera se volvió no solo un acto de supervivencia económica sino casi un rito de paso. Migrar dejó de ser una excepción y se convirtió en el proyecto vital de comunidades enteras.
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