Ormuz, el estrecho que apretará nuestros bolsillos
Hace unos días, Anwar Gargash, asesor presidencial de Emiratos Árabes Unidos (EAU), declaró que su país está dispuesto a sumarse a cualquier iniciativa liderada por Estados Unidos para garantizar la seguridad de la navegación en el Estrecho de Ormuz. La noticia pasó relativamente inadvertida en muchos medios generalistas, pero en el ámbito financiero encendió todas las alarmas.
No es una declaración menor. No por inclinaciones geopolíticas, sino por pura aritmética económica: será un termómetro del miedo del mercado.
El Estrecho de Ormuz no es solo un punto en el mapa entre Irán y la península Arábiga. Es el cuello de botella energético más importante del planeta. Por sus aguas pasa aproximadamente el 20% del petróleo que se consume en el mundo. Y cuando digo “el mundo”, incluyo a todos los países donde llenar el tanque del auto o pagar la luz sigue siendo un asunto de supervivencia mensual.
Cada vez que un buque de guerra se posiciona, cada vez que un líder iraní amenaza con cerrar el paso, cada vez que Washington envía un portaaviones, el precio del crudo se prepara para subir. Y detrás del crudo, todo lo demás: gas, plásticos, fertilizantes, transporte de alimentos, vuelos comerciales, calefacción y aire acondicionado.
Lo que plantea Gargash suena técnico: “sumarse a una iniciativa de seguridad marítima”. Pero en esencia es un movimiento de fichas en un tablero donde Irán, Estados Unidos y los Emiratos juegan sus propias partidas. Mientras ellos mueven barcos, los ciudadanos de a pie mueven presupuestos familiares cada vez más ajustados.
La posición de Emiratos Árabes Unidos no es menor: es una de las economías más dinámicas del Golfo, sede de Dubái, Abu Dabi y una red financiera que conecta Oriente con Occidente. Pero también es vecino geográfico y comercial de Irán, con quien ha compartido rutas marítimas, acuerdos energéticos y, en momentos de menor tensión, cierto pragmatismo económico.
¿Por qué entonces Emiratos se ofrece ahora a alinearse abiertamente con Estados Unidos? La respuesta no es solo militar, es financiera y reputacional. Los Emiratos necesitan que el mundo siga viendo sus aguas como seguras para el comercio, los seguros marítimos y las inversiones extranjeras. Cualquier sombra de inestabilidad en Ormuz encarece sus primas de riesgo, ahuyenta capitales y golpea su modelo económico, profundamente dependiente de la confianza global.
Sumarse a la iniciativa de EE. UU. es, en el fondo, una póliza de seguro geopolítica. Pero toda póliza tiene costo: puede traducirse en un aumento de la fricción con Teherán, que ya ha dejado claro que no verá con buenos ojos una militarización del estrecho liderada por Washington con socios regionales.
Quienes creen que esto es solo un problema del Golfo Pérsico deberían recordar 2019, cuando una serie de ataques a tanqueros en la zona hizo que el petróleo subiera más del 20% en cuestión de días. O 2020, cuando el asesinato del general Soleimani provocó un miedo instantáneo en los mercados globales. Más recientemente, la invasión de Ucrania mostró que un conflicto en un punto crítico puede disparar la inflación en continentes enteros.
Hoy, con una inflación mundial que aún no termina de domarse, con bancos centrales dudando entre bajar o subir tasas, y con un consumidor cada vez más sensible al precio, una escalada en Ormuz sería un desastre en cámara lenta. No solo para los mercados financieros, sino para lo que realmente importa: el costo de vida.






