Eso que llamamos libertad
En el siglo pasado Ortega y Gasset decía “yo soy yo y mis circunstancias”, Unamuno apostillaba “yo soy yo, a pesar de mis circunstancias”. En estas escuetas frases se sintetiza, magistralmente, la fuerza que tienen las circunstancias que nos rodean en la configuración de nuestra persona, así como la capacidad humana de trascender esas condiciones.
Es indudable que cada uno se ve profundamente influido por su entorno. Las oportunidades que a cada uno van tocando marcan de alguna manera nuestro futuro. Si tuvimos una buena alimentación será más fácil contar con buena salud; el acceso a una buena formación facilitará la obtención de un trabajo mejor remunerado. La presencia de facilidades o dificultades en la vida condicionan nuestro desempeño, pero no a tal punto que lo conviertan en destino inexorable.
En la estructura social hay una serie de elementos que propician conductas, estrechan posibilidades o dificultan que una persona pueda aspirar a un mejor destino. No en vano, durante años, hemos buscado generar un piso más parejo donde las personas puedan tener igualdad de condiciones para facilitar que todos tengan la posibilidad del mejor desarrollo futuro.
A lo largo de la vida hemos escuchado historias que muestran la capacidad de las personas de sobreponerse a sus circunstancias. La madre soltera que, dejada a su suerte, con empeño y dedicación saca adelante a sus hijos sin ayuda; el emprendedor, que no contó con más capital que su ingenio y trabajo, forjar una empresa que da empleo y genera riqueza en su entorno. Junto con ello, encontramos historias sin buen fin, porque no se dieron las circunstancias que podrían haber hecho exitoso el esfuerzo.
Somos pues nuestras circunstancias y nuestra capacidad de amoldarlas. No importa que las historias sean de éxito o fracaso, pero cada uno encuentra en el centro de su propia existencia un fuego capaz de tomar decisiones, afrontar un peligro, asumir un riesgo, negarse a una extorsión. Si esto no fuera así ninguno seríamos responsables de lo que nos acontece. Nuestra vida sería un entramado de sucesos condicionados por circunstancias externas que nos obligan a actuar de una determinada manera.
Contra esta idea de que no somos libres se levantan muchas historias de la humanidad. Existen héroes porque alguien supo enfrentar el peligro, arriesgar su vida por una causa noble y eso lo hizo, simplemente porque quiso. También hay personas que pudieron ser héroes, las circunstancias les prepararon un momento oportuno, pero no supieron, no quisieron o no pudieron.
La libertad es una fuerza interior que tiene la capacidad de conducirnos a donde cada uno desea. El trayecto hacia el objetivo propuesto depende, es verdad, de las condiciones que prevalecen en nuestro entorno en cada momento. La libertad no puede prescindir de la realidad, sí puede tomar las decisiones y emprender las acciones para hacer su propia historia.
Si no fuésemos capaces de decidir nuestra propia vida, no sería posible calificar a las personas como buenas o malas; no habría lugar para declarar a alguien culpable: todos seríamos consecuencia de unas circunstancias que nos orillaron a realizar lo que inexorablemente tenía que suceder. Afortunadamente, la realidad no es así. Todos tenemos ese fuego y podemos hacer nuestra vida un destino del que podamos sentirnos satisfechos.
Ahora que vivimos horas difíciles en nuestro país, cuando la violencia aparece por todos lados y la dificultad se vuelve cotidiana para muchos, es preciso no olvidar que guardamos en nuestro interior una fuerza capaz de vencer la adversidad.










