Palabras y juicios irredentes
El problema de hablar mucho hace inevitable el error. En el poder el acierto importa menos que el resbalón; a veces un natural traspié, otras veces, delator de un estado de ánimo impropio o de una idea inconveniente. El populismo o el autoritarismo con adhesión social requieren de propaganda y de un protagonismo verbal de quien es su referente. Sucede en todas partes. Ya se ha dicho, la mesura o la prudencia cayó en desuso. Lo de ahora son las palabras y es tal el abuso de éstas, como Trump, el hombre más poderoso del mundo, que se vuelven tan irrelevantes que dejan de ser tomadas en serio.
Los actuales políticos debieran aprender de la institución milenaria con más influencia, la Iglesia Católica. La palabra se abre camino con cuidado a grado tal que el latín había sido refugio hasta que la necesidad de comunicar propia de la modernidad, la alcanzó. Los curas a lo largo de la jerarquía tienen claridad del valor de la palabra y bien se sabe que, así como redime, el descuido condena.
En su visita a Sinaloa, la presidenta Sheinbaum dejó pasar la oportunidad para definir los términos de la responsabilidad del Estado mexicano frente a la violencia y el crimen. Una oportunidad para ella, para Sinaloa y para el país por todo lo que ha sucedido y la tempestad que se hizo presente con el frustrado regreso del gobernador Rocha Moya. Las palabras de la presidenta exhibieron dos cosas sumamente delicadas: su validación a la pax narca y su deriva antinorteamericana. Ésta ya es costumbre y ratifica la tesis del líder moral: los yanquis alteraron la santa paz de la aldea con su injerencismo (sic).
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