Para qué sirven los límites
Resulta arduo admitir nuestros límites. Cada límite es un recordatorio de que no somos capaces de todo. Cada uno de nuestros condicionamientos nos hace percibir nuestra imperfección, señala con fuerza la falta de control sobre muchas aristas de nuestra propia existencia.
Si miramos de esta manera nuestras incapacidades, palpamos intensamente nuestra vulnerabilidad y afloran con fuerza nuestros defectos. A veces esta experiencia funciona como un catalizador para trascender nuestra comodidad y alcanzar metas que nos hubieran estado vedadas sin un gran esfuerzo. Sin embargo, en otras ocasiones nos topamos con muros insalvables y esto provoca desazón, tristeza, enojo y desesperanza.
Podemos mirar los límites como un cerco que nos estanca e impide nuestro avance: una realidad capaz de constreñirlo todo. No obstante, esta perspectiva solamente arroja luz sobre una arista de esta realidad. Los límites se asemejan a nuestras fronteras, nos separan y dividen de otros, pero nos señalan los espacios donde podemos contactar con los demás. Cada encuentro con el otro vuelve a marcar la necesidad de contenernos, pues frente a nosotros se encuentra otra persona que requiere de su propio ámbito para desarrollarse.
Vistos desde esta óptica, los límites son el lugar donde nos relacionamos con otros. Requieren de nuestra parte acotar nuestros espacios, pero al mismo tiempo hacen posible el descubrimiento de quienes necesitan de nosotros y nos aportan aquello de lo que carecemos. Así, nuestra indigencia, nuestras limitaciones, se vuelven puertas para la colaboración con los demás.
Además de un cerco, se pueden mirar los límites como un sendero trazado. Los caminos requieren acotarse para cumplir el objetivo de conducirnos a la meta deseada. De este modo, los límites resultan ser aliados para alcanzar nuestro fin. Tienen el carácter de la disciplina: si deseamos llegar a un punto, es preciso dejar de perseguir otros. Cada uno de ellos deviene de una elección y, en el fondo, más que límites son guías para lograr nuestros propósitos.
Dicho de otro modo, la característica esencial de lo que nos limita proviene de dos fuentes: las condiciones con las que contamos y las decisiones que hemos tomado. Unas provienen de nuestras deficiencias, las otras tienen su origen en nuestra libertad. Las que tienen que ver con nuestro modo de ser reclaman de cada uno aceptación, las que son consecuencias de nuestra libertad exigen coherencia.
Resulta, pues, que una misma palabra, los multicitados límites, son, por una parte, manifestación de una serie de restricciones que nos impiden lograr todo lo que deseamos y, por otra parte, condiciones asumidas capaces de llevarnos a donde queremos.
Esta ambivalencia requiere de una introspección rigurosa: volver a mirar quiénes somos y recordar lo que hemos decidido. La importancia de su comprensión funciona tanto para cada persona en lo individual como para una sociedad en su conjunto.
La riqueza de las personas proviene de sus dones y de sus carencias. Los dones hacen que podamos aportar algo valioso a la sociedad. Las limitaciones exigen reunirnos con otros para lograr lo que es imposible en soledad.
El problema, muchas veces, radica en mirar los límites como aquello que constriñe y separa, y no descubrir la fuerza que tienen para colaborar con los demás y encontrar los caminos capaces de llevarnos a los horizontes que anhelamos alcanzar.





