Recuperar el asombro
Vivimos tiempos vertiginosos. Nos hemos habituado a la velocidad. El tiempo que podemos mantener la concentración en el mismo tema ha disminuido significativamente. Muchas redes sociales transmiten información condensando sus mensajes en pocas líneas o por medio de videos de corta duración. Atendemos por unos momentos algo y queremos rápidamente pasar a otra cosa. El estado de alerta en espera de un nuevo estímulo parece no tener fin y nos vamos sintiendo necesitados de experimentar algo distinto con creciente rapidez.
Hemos asistido a muchísimos cambios en los últimos años. Los avances tecnológicos que antes permanecían como una conquista arduamente lograda y largamente disfrutada se ven desplazados por el advenimiento de nuevos avances tecnológicos que nacen con fecha de obsolescencia y que serán prontamente sustituidos por un artilugio que lo reemplaza y supera.
Pareciera que la única constante de nuestra era es el cambio. Vivimos con prisa, esperando la aparición de algo que capte nuestro interés, para dejarlo pronto por algo nuevo. Las cosas aparecen como desechables, necesitamos seguir cambiando, nada parece permanecer.
Sin embargo, no es difícil advertir que cuando nos encontramos con algo realmente valioso buscamos conservarlo. Por eso guardamos objetos que nos parecen relevantes, elaboramos recuerdos de aquellas situaciones significativas de nuestra existencia. Si lo pensamos con pausa, cuando nos reunimos con amigos cultivados por años no buscamos contarnos cosas nuevas exclusivamente; la mayor parte del tiempo la dedicamos a rememorar lo vivido juntos y en ese volver sobre lo mismo encontramos la novedad que supone revalorar lo ya experimentado.
El asombro surge, sin duda, cuando vemos algo por primera vez. Su aparición nos deslumbra y hace que la novedad cautive nuestro ser. El verdadero asombro tiene que superar esa primera aproximación: es la capacidad de seguir sorprendiéndose de lo ya visto. Detenerse con pausa para calibrar detalles, dejar que las preguntas penetren a fondo nuestro espíritu y podamos desplegar nuestras potencias para analizar cabalmente eso que nos ha sorprendido.
La capacidad de aprender está vinculada a la posibilidad de seguir experimentando curiosidad. Perdemos la ocasión de seguir indagando cuando abandonamos un objeto porque consideramos que basta haberlo apreciado una vez para sacarle todo el jugo posible. En cambio, cuando volvemos varias veces sobre la misma realidad seguimos profundizando, ahondamos en la realidad de algo y ese mismo conocimiento adquirido se vuelve un aliciente para seguir buscando novedad en eso que hemos visto ya muchas veces.
De modo particular, las personas con las que convivimos tienen siempre algo nuevo que mostrarnos. Por eso es importante dedicar tiempo dejando de lado todo lo demás. Un amigo decía que para convivir bien con los demás hay que entregar la tarde. Dejar todo de lado para concentrarnos exclusivamente en quienes tenemos a nuestro lado. Vivir con los otros puede ser una de las grandes experiencias de estos días. Arrumbar las preocupaciones, hacer a un lado los proyectos y dedicarnos a estar, escucharnos, vernos a los ojos, atesorar recuerdos que puedan después darnos nuevos motivos para vernos.
Los días serenos pueden ser una ocasión también para cultivar un poco el silencio. Dejar que brote desde dentro eso que hemos acumulado durante tanto tiempo. Permitir que surja lo que el vértigo de la velocidad ha acallado por tanto tiempo. Si damos espacio a estar con nosotros y con los demás, es posible que descubramos tesoros que estábamos haciendo a un lado.










