¿Por qué es tan difícil conocer?
La tarea de conocer es ardua y compleja. Por eso, cada vez que nos sumergimos en la profundidad de la realidad, advertimos que además de la inteligencia hace falta la aquiescencia de la voluntad. Un viejo adagio señala que entendemos porque queremos; no basta la captación de la realidad es precisa su aceptación. Hay un rejuego entre saber y comprende donde intervienen tanto la inteligencia, y la voluntad como nuestras emociones. Conocer nos involucra por entero.
Al mismo tiempo, la tecnología actual permite trastocar la identidad de las cosas. Así, no importa el contrasentido que muchas de estas realidades tienen, es posible tomar café descafeinado, leche deslactosada y una cantidad de productos a los que solamente les falta aquello que parecía dar origen a su identidad. Hemos deconstruido tantas cosas que pareciera que todo podría estar sujeto a nuestras capacidades técnicas o a nuestros deseos.
Para complicarlo todo aún más, nos hemos adentrado en una era en la que se ha magnificado la falsificación de la realidad. Hoy no se puede confiar en lo que antes era evidente. En cualquier momento nos pueden presentar, una fotografía que atestigua un hecho que jamás ha sucedido. En muchos momentos se emplearon los instrumentos para observar mejor la realidad, ahora contamos con muchos medios que permiten alterar la realidad respecto de su constitución general.
La capacidad de trastocar las cosas es tan relevante, que ya hay leyes que obligan a que los productos declaren los componentes de los que realmente están hechos. Las cosas no son lo que parecen. Para revisar los trabajos de los estudiantes en las universidades ha sido necesario contar con programas capaces de detectar si un trabajo es original o se trata solamente de un plagio obtenido de algo previamente trabajado. Hace falta dar pruebas originalidad.
A lo largo de la historia humana siempre han convivido la ficción y la realidad. La tecnología ha sido un aliado en la tarea de conocer las cosas. Los humanos con nuestro trabajo hemos sido capaces de crear un mundo, un lugar, que no sería igual sin nuestra intervención. No obstante, parecía que todos teníamos clara la diferencia entre natural y artificial. Quizá los avances tecnológicos han sido tan abrumadores que han provocado la sensación de que somos capaces no simplemente de operar sobre la realidad sino de recrear las cosas de modo totalmente nuevo.
Pareciera que todo está conspirando para acrecentar nuestra confusión. Qué es real y qué es solo un engaño. Para resolver este galimatías, en ocasiones, desechamos lo verdadero porque nos pareció falso y acogemos la trampa porque tenía una mejor apariencia de verosimilitud. La abundancia de información no es garantía de conocimiento. Podemos manejar los datos como monedas de cambio, realizar complejas concatenaciones y no encender la chispa del pensamiento.
Ante tantas posibilidades y con tantas alteraciones se desdibuja la frontera entre lo real y lo imaginado, entre lo presencial y lo virtual. A la original dificulta del conocimiento hemos añadido la gran capacidad de intervenir en la realidad. ¿Hasta dónde es posible lo que sugieren los therians? Surge espontáneamente la inquietud de saber cuáles son nuestros límites, cómo no perder el propósito de usar la tecnología para aumentar nuestra comprensión y nos simplemente para crear condiciones que nos sean más cómodas o nos impidan seguir adquiriendo conocimientos más profundos y pensando mejor.
A veces quisiera poder tener una especie de piedra filosofal capaz de distinguir entre verdad y falsedad. ¿Cuál puede de ser una buena manera de rescatar la posibilidad del conocimiento en la era de la posverdad? Con el riesgo de simplificar, aventuraré alguna idea que nos pueda mostrar el camino para no perdernos. Hace falta mirar la realidad con sosiego, dedicar tiempo a comprender las causas que explican cada cosa y tratar de configurar un conocimiento que sea valioso porque es capaz de mirar muchas realidades y no solamente por la acumulación de gran cantidad de datos.
Es un buen momento para recuperar el contacto con la realidad en su estadio más natural. Volver a la capacidad de asombro en contacto con lo sencillo, recuperar la reflexión para volver varias veces sobre lo mismo. Reconocer los procesos, sus alcances y límites. Ver las cosas exactamente como son. Impedir que nuestros deseos se vuelvan el faro para acomodar la realidad a ellos. Un ejercicio para despojar la inteligencia de su arrogancia y para recuperar la primacía de las cosas como fuente del pensamiento.
Vivimos momentos relevantes que nos dan posibilidades inimaginadas. Hace falta el temple para orientar nuestras potencialidades hacia aquello que nos brinde mejores posibilidades de desarrollo integral de las personas.










