¿Por qué existe el mal?
Una pregunta que persigue a la humanidad. Tantas veces pareciera que tenemos cierta fascinación por el mismo. La comunicación invierte más tiempo en propagar lo negativo que en promover lo positivo. La respuesta suele ser que eso se debe a que vende. ¿Será que el mal nos resulta más atrayente, despierta nuestra curiosidad con más fuerza o nos percatamos de que es algo que altera de modo profundo nuestra existencia?
Quizá la pregunta sobre la existencia del mal sea más inquietante, pues taladra los más hondo del yo de cada persona. Preguntarse por el mal sería menos doloroso si pudiéramos pensar sobre ello como si fuese algo ajeno que no nos toca o no nos atañe. El primer problema del mal es que lo encontramos también dentro de nosotros mismos. Es algo que nos incomoda, pero que no nos es ajeno; una realidad que condenamos, pero que no siempre desterramos de nuestra propia existencia.
No veo otra manera de afrontar el tema del mal que mirando primero a nuestro propio yo. ¿Por qué hacemos lo malo? Unas veces por ignorancia, quizá porque no sabíamos que algo era malo; en otras ocasiones porque no supimos controlarnos y por debilidad hicimos lo que no es correcto; y, finalmente, porque buscamos algo sabiendo que era malo y provocando en nosotros un autoengaño.
A veces el mal es la reacción a otro mal. Un modo de venganza, falsa copia de la justicia, cuando buscamos cobrarnos una afrenta realizando otra. Hay una sutil diferencia: la justicia busca restablecer el mal con el bien, en cambio la venganza se conforma con devolver un mal con otro igual.
La maldad muchas veces se justifica como una especie de compensación. Ya me la he pasado fatal, quizá necesite darme un gusto, aunque eso suponga transgredir una norma o maltratar una persona. También el mal se enmascara en el anonimato de "todos lo hacen, así ha sido siempre, no me digas que tú no lo has hecho".
El mal en ocasiones se vuelve sistémico. Hay una serie de condiciones sociales que facilitan o instalan mecanismos para propiciar la actuación incorrecta: el derecho de piso, la mordida, la corrupción oficial, la arbitrariedad burocrática, la indolencia derivada de la impunidad y un largo etcétera. Y ese mal afecta a quienes son más vulnerables, a quienes menos tienen.
Otras veces el mal se vuelve inquietante porque surge del desorden de la naturaleza. Así una lluvia que inunda, un incendio forestal que destruye una reserva ecológica, una sequía que impide la cosecha. O sucede por accidente, la pipa que explota, un atropellamiento involuntario, un golpe fuerte en el deporte. El mal físico hiere y a veces mata. Nos deja estupefactos, dolidos y sin palabras.
A veces el mal se muestra ofensivo y sin rostro. Resulta difícil encontrar su causa y cómo nos gustaría poder identificar con claridad un agente y hacerle pagar por todo el mal que nos afecta, nos duele, nos lacera.
En ocasiones pienso, que la raíz del mal es la propia libertad. Podemos hacer lo que en cada momento queremos, pero no siempre queremos lo que es bueno. Tantas veces obramos sin valorar conscientemente todas las consecuencias y solamente podemos lamentarnos del mal que hemos hecho. Más difícil es encararlo y asumir con valor y responsabilidad las consecuencias; pero ese es otro mal que nos aqueja la incapacidad de asumir nuestras propias impertinencias.
No sé bien a que se deba tanto mal. Solo sé que algo podría hacerse si buscáramos ser consecuentes con nuestro propio actuar. Es probable que hacer el bien no termine con todo el mal, pero al menos conseguirá que haya alguien buscando hacer, aunque sea un poquito el bien. O tal vez reparando el mal que se hizo porque no se supo hacer el bien.
El problema del mal es tan profundo y antiguo como la humanidad. Podemos verlo como algo imponente, como un misterio, como una amenaza o como la prueba de nuestra íntima capacidad de optar por vencer el odio y volver a amar.










