Recuperar el Hospital de Zumpango, ya
Visité el Hospital Regional de Alta Especialidad de Zumpango (HRAEZ) y lo primero que salta a la vista es una paradoja dolorosa: una obra arquitectónica impresionante, diseñada para deslumbrar, que se levanta como un monumento moderno en medio de comunidades que sobreviven entre profundas carencias. Un edificio que parece prometer salud y bienestar, pero que en la práctica refleja otra cosa: desigualdad, exclusión y el fracaso de una forma de entender la salud como un negocio para unos cuantos.
Porque sí, el HRAEZ es impresionante por fuera. Sus formas, su escala, su modernidad. Pero la grandeza de un hospital no debería medirse por su fachada, sino por su capacidad de atender a la población, de salvar vidas, de garantizar derechos. Y ahí es donde, lamentablemente, la realidad se impone.
Durante mi recorrido encontré algo que merece reconocimiento absoluto: el profesionalismo y la entrega del personal médico, de enfermería y directivo, todos ellos pertenecientes al Instituto de Salud del Estado de México. Su vocación, su compromiso y su convicción son innegables. Ellos sostienen la atención día a día, con dedicación y ética.
Pero ese esfuerzo humano convive con un modelo que los limita, que los asfixia y que traiciona la esencia del servicio público. Me refiero al esquema de Asociación Público-Privada que desde su origen convirtió al HRAEZ en una carga financiera permanente para el Estado de México (EMX). Un contrato que obliga a pagar mes tras mes decenas de millones de pesos, como si la salud fuera un servicio concesionado y no un derecho humano. Con lo que el Estado paga cada año se habrían construido 5 hospitales de alta especialidad, 14 hospitales generales y 50 hospitales comunitarios.
Ese modelo neoliberal —que vendió la idea de “eficiencia” mientras endeudaba a generaciones enteras— convirtió a este hospital en una institución subutilizada, con cuotas prohibitivas, inaccesible para miles de familias. Un hospital que debería estar lleno, operando a toda su capacidad, salvando vidas, pero que permanece limitado porque sus servicios se han vuelto demasiado caros para quienes más lo necesitan.
Lo que vi en el HRAEZ es la huella indeleble de esa política fallida: infraestructura de vanguardia, sí, pero un acceso restringido, condicionado, costoso. La salud nunca debió ser un negocio. Nunca debió ser un contrato. Nunca debió dejarse en manos de empresas que ponen por delante la rentabilidad antes que el derecho a vivir.
Por eso hoy, más que nunca, es indispensable una acción firme y valiente. La Gobernadora del Estado de México tiene en sus manos la posibilidad histórica de recuperar el HRAEZ para el pueblo, de romper con la inercia de un modelo privatizador, de reorientar esta institución hacia la justicia social y no hacia las ganancias privadas.
Para ello, es necesario que se abrogue la ley que creó al organismo público descentralizado que se encarga de la administración del hospital, para lo que propongo que la Gobernadora instale una mesa de trabajo en la que participe el presidente de la junta de coordinación política de la legislatura estatal, la secretaria de salud y quien escribe estas líneas para trazar la ruta legislativa.
Transformar el HRAEZ en un hospital verdaderamente público —un hospital al servicio de todos— no es solo necesario: es urgente. Es la única manera de garantizar atención universal, gratuita, digna y humana. Es la ruta para asegurar que cada peso público se traduzca en bienestar, no en pagos interminables a una APP que nunca debió existir.
El HRAEZ debe ser un símbolo de la nueva etapa de la salud pública en el Estado de México. Un hospital recuperado, liberado del negocio privado, que demuestre que la salud no se vende: se defiende.










