¿Somos lo mismo? La oposición que confunde la crítica con el cinismo
En la vida pública de México existe una pregunta incómoda que pocas veces se formula con honestidad: ¿realmente somos lo mismo? La derecha política, mediática y económica suele acusar al gobierno actual de autoritarismo, persecución política, falta de libertad de expresión, corrupción y destrucción institucional. Sin embargo, muchas de esas voces parecen olvidar que durante décadas fueron parte, beneficiarias o defensoras de un modelo que convirtió al país en una maquinaria de privilegios, silencios y subordinación.
Resulta profundamente cínico escuchar a ciertos sectores hablar de libertad de expresión como si en el pasado hubiera existido una democracia ejemplar. Durante el llamado régimen neoliberal, numerosos periodistas, comunicadores, luchadores sociales y voces críticas fueron perseguidos, marginados, amenazados o asesinados en medio de una estructura de poder donde la prensa incómoda no siempre encontraba protección, sino abandono. La libertad de expresión no puede medirse únicamente por la comodidad de quienes antes tenían micrófono, contrato, columna, privilegio y cercanía con el poder.
Lo mismo ocurre con el discurso de la corrupción. Hoy se acusa con una severidad casi teatral, pero se omite que muchos de quienes levantan la voz guardaron silencio ante los grandes escándalos del pasado: contratos opacos, privatizaciones cuestionadas, endeudamientos públicos, lujos presidenciales, privilegios burocráticos, reformas hechas al gusto de intereses privados y casos como Odebrecht, que exhibieron la profundidad de una relación perversa entre dinero, política y poder. La indignación selectiva no es ética pública; es conveniencia disfrazada de moral.
También llama la atención el desprecio con el que algunos sectores hablan del petróleo, la energía y los recursos nacionales. Durante años se impulsó la idea de que el Estado era incapaz, que lo público era ineficiente por naturaleza y que la única salida era entregar sectores estratégicos al mercado. Bajo esa lógica, el nacionalismo fue ridiculizado, la soberanía fue tratada como anacronismo y la defensa de los recursos nacionales fue vista como obstáculo para el 'progreso'. Pero un país que renuncia a sus recursos estratégicos renuncia también a una parte de su independencia.
La crítica más profunda no es que exista oposición. Toda democracia necesita contrapesos, debate y vigilancia del poder. El verdadero problema es que una parte de la oposición mexicana no parece comportarse como alternativa nacional, sino como nostalgia de privilegio. No propone un proyecto de país; propone regresar a un orden donde unos cuantos decidían, negociaban y administraban el destino nacional desde oficinas, cúpulas empresariales, embajadas, medios de comunicación y pactos partidistas.
Si realmente existiera una contraparte seria del gobierno actual, tendría que ser primero patriótica, nacionalista en el mejor sentido de la palabra y comprometida con el bienestar del pueblo mexicano. Una oposición digna no debería celebrar el fracaso del país para golpear al gobierno. No debería apostar a que le vaya mal a México con tal de recuperar poder. No debería defender intereses extranjeros por encima de los intereses nacionales. No debería mirar al pueblo como clientela electoral ni como masa ignorante, sino como sujeto político con memoria, dignidad y derecho a decidir.
El gran vacío de la derecha mexicana contemporánea es que sigue atrapada en el viejo pensamiento neoliberal: menos Estado, más mercado, menos soberanía, más dependencia, menos pueblo, más élite. Habla de democracia, pero muchas veces extraña el tiempo en que las decisiones se tomaban sin consultar a la mayoría. Habla de libertad, pero se incomoda cuando los sectores populares participan en la vida pública. Habla de instituciones, pero olvida cómo esas mismas instituciones fueron utilizadas para proteger privilegios.
Por eso la pregunta “¿somos lo mismo?” merece una respuesta seria. No, no todo es lo mismo cuando se discute el rumbo de un país. No es lo mismo defender la soberanía energética que entregar los recursos nacionales al mejor postor. No es lo mismo cuestionar al poder desde una causa social que hacerlo desde la nostalgia del privilegio perdido. No es lo mismo exigir libertad de expresión para todos que reclamar únicamente la pérdida del monopolio de la palabra pública.
México necesita oposición, pero no una oposición vendepatrias, clasista, subordinada a intereses extranjeros o incapaz de reconocer sus propios errores históricos. Necesita una oposición que ame al país más que a sus negocios, que piense en el pueblo antes que en sus élites y que entienda que criticar al gobierno no significa desear el fracaso de la nación.
La verdadera democracia no se construye con cinismo, sino con memoria. Y la memoria obliga a preguntar quiénes hablan hoy de libertad, de corrupción y de patria, pero callaron cuando el país fue saqueado, endeudado, privatizado y herido. Allí está el centro de la reflexión: no basta con oponerse al gobierno; primero habría que demostrar que se está del lado de México.










