Una globalización económica inclusiva y beneficiosa. En política los espacios vacíos se ocupan
La reciente reunión del Foro de Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC) en Corea del Sur volvió a poner sobre la mesa el debate sobre el liderazgo global y el rumbo de la economía internacional. Mientras el mundo busca fórmulas de cooperación ante un panorama de tensiones geopolíticas y desaceleración económica, la ausencia de un liderazgo claro en Occidente se ha vuelto cada vez más evidente. En esta ocasión, Donald Trump restó importancia al foro multilateral, eludiendo participar en las sesiones plenarias y concentrando su atención en una reunión bilateral con Xi Jinping. Este gesto, que puede parecer diplomáticamente menor, refleja una tendencia más profunda: el repliegue estadounidense frente al avance decidido de China en la escena global.
Mientras Washington se encierra en su lógica transaccional y de defensa de intereses inmediatos, Pekín se presenta como el abanderado de un comercio libre, de la cooperación pacífica y de un entorno económico regional abierto. Xi Jinping aprovechó la oportunidad para promover la idea de una globalización “inclusiva y beneficiosa para todos”, reivindicando el multilateralismo como vía para el desarrollo compartido. Así, se reafirma el principio de que en política los espacios vacíos se ocupan: la ausencia estadounidense en el foro no dejó un vacío, sino una oportunidad para que China consolidara su papel como arquitecto del nuevo orden económico asiático.
La disputa comercial entre Estados Unidos y China no se explica únicamente por diferencias arancelarias o desequilibrios en la balanza comercial. En el fondo, está en juego el control de los recursos y tecnologías que definirán el siglo XXI. Entre ellos, destacan las llamadas tierras raras: un conjunto de minerales esenciales para la fabricación de microchips, baterías, sistemas de defensa y componentes electrónicos de alta precisión.
China controla más del 70 por ciento de su producción mundial y cerca del 90 por ciento de su refinación, lo que le otorga una posición de fuerza inédita. Esta realidad fue determinante en el giro proteccionista de Donald Trump y en su política de aranceles, que buscó reducir la dependencia tecnológica y energética de Pekín. El intento de “repatriar” industrias críticas, proteger sectores estratégicos y fortalecer la seguridad nacional respondió a una lógica de competencia estructural más que de coyuntura. Sin embargo, esa política terminó por debilitar la confianza en el sistema multilateral de comercio y fragmentar el tablero global. Frente a ello, Xi Jinping no solo defendió la apertura comercial, sino que la presentó como una alternativa pacífica frente al nacionalismo económico de Estados Unidos. En esa narrativa, la globalización debe servir no para concentrar poder, sino para compartir beneficios: un discurso que, más allá de sus matices políticos, encuentra eco en buena parte del mundo emergente.
En este escenario de competencia entre potencias, México y Canadá enfrentan un reto estratégico: cómo diversificar sus vínculos comerciales sin poner en riesgo la relación privilegiada que mantienen con Estados Unidos a través del T-MEC. Ambos países dependen fuertemente del mercado estadounidense, pero a la vez reconocen la necesidad de abrir nuevas rutas de intercambio hacia el Pacífico, especialmente con economías dinámicas como Corea del Sur, Japón, Vietnam, Singapur o Malasia.
México tiene una ubicación geográfica privilegiada, con una costa occidental que lo conecta directamente con la cuenca Asia-Pacífico. Esa posición podría convertirse en una plataforma logística, tecnológica y comercial clave si se acompaña de políticas industriales coherentes, infraestructura portuaria moderna y una diplomacia económica activa. La pertenencia a foros como APEC debería aprovecharse para fortalecer cadenas de valor regionales, atraer inversión asiática y posicionar al país como puente entre América del Norte y Asia.
No obstante, la diversificación comercial solo será sostenible si se apoya en una estrategia de soberanía energética y tecnológica. En la era de la transición verde y la economía digital, el control de los recursos estratégicos —desde el litio hasta la generación de energía limpia— se convierte en una condición indispensable para un desarrollo equitativo y sostenible.
El debate global sobre el libre comercio y la globalización no puede desligarse de la discusión sobre la justicia económica y la soberanía nacional. En el caso mexicano, la política energética debe ser vista no como un obstáculo a la apertura, sino como un instrumento para reducir la desigualdad y garantizar independencia económica. Una globalización verdaderamente inclusiva exige que los países puedan decidir sobre el destino de sus recursos, fortaleciendo su capacidad productiva interna y distribuyendo equitativamente los beneficios del crecimiento.
La experiencia reciente demuestra que el libre mercado, sin mecanismos de equilibrio y regulación, profundiza las brechas sociales y limita la autonomía de los Estados. Por ello, el desafío no es elegir entre apertura o proteccionismo, sino construir una integración inteligente, capaz de aprovechar las oportunidades del comercio internacional sin renunciar a la soberanía y a los objetivos nacionales de justicia social.
El mundo atraviesa una transición en la que las potencias redefinen sus roles y los países emergentes buscan espacio para afirmar su voz. La reunión de APEC en Corea del Sur simboliza ese cambio: mientras Estados Unidos se repliega y prioriza sus intereses inmediatos, China avanza con un discurso de cooperación, apertura y paz. México y Canadá, situados entre ambos polos, deben actuar con visión estratégica para no quedar subordinados a una sola esfera de influencia.
Una globalización económica inclusiva y beneficiosa solo será posible si los países de América Latina, y particularmente México, asumen con firmeza su papel en el nuevo orden mundial: apostando por la soberanía en los recursos, la innovación tecnológica y la cooperación multilateral. El futuro no pertenece a quienes se encierran en sus fronteras, sino a quienes son capaces de ocupar los espacios vacíos con inteligencia, estrategia y sentido de justicia.










