Visibilizar para actuar
La primera condición para percatarse de algo es prestarle atención. En un mundo con tantos acontecimientos y exuberante información, muchos asuntos permanecen ocultos. Una estrategia frecuente para ponerlos en el candelero es visibilizarlos: atraer la atención de muchos para lograr que sean atendidos.
Desde esta óptica, la conducta contraria para impedir que un problema salte a la vista es silenciarlo. Esto supone no hablar de ello, llenar los espacios con otra información, desviar la atención de ese tema con múltiples estratagemas.
Recientemente, Meta, la compañía dueña de Facebook e Instagram, ha accedido a pagar 17 mil millones de dólares para evitar un juicio federal donde se le imputa haber inducido a los niños a tener adicciones a sus redes. En su comunicado ha negado la acusación, ha desembolsado el dinero y ha anunciado una serie de medidas para mitigar el daño del que se le responsabiliza. El peligro de esta resolución es no entrar al fondo y dejar inconcluso el esfuerzo de regular una realidad que puede seguir provocando dependencia entre sus usuarios.
Son muchos quienes recurren al silencio para sacar temas de la atención pública. Los políticos hablan de todo lo que marcha bien y esconden los datos que apuntan a fallas en su gestión. Dejar de ver las dificultades no las resuelve, pero en ocasiones sí permite que no le hagan daño al político, pues todavía no son una amenaza ineludible.
La estrategia de esconder un problema recuerda al niño que cierra los ojos para ocultarse. Existe una extraña idea de que es mejor no hablar de las cosas que no van bien. Sin embargo, la única manera de corregir un error es mostrarlo, atenderlo y transformarlo.
Churchill fue nombrado Primer Ministro cuando el ingreso del Reino Unido a la Segunda Guerra Mundial era inminente y dijo, sin vacilaciones: “Solamente puedo ofrecer sangre, sudor y lágrimas”. El panorama no era halagüeño; la situación, sumamente grave, exigía claridad absoluta para enfrentar el peligro. No había espacio para un discurso diluido o ajeno a la realidad.
Me parece que estamos frente a una situación parecida. Todos los signos apuntan inequívocamente a un cambio de época. Muchas de las formas que nos han permitido llegar hasta aquí no tienen necesariamente un futuro promisorio si su gestión no va acompañada de una transformación profunda.
La abrumadora irrupción de la tecnología en todas las áreas de nuestra vida; la creciente fragmentación de la sociedad; las masivas migraciones; la fragilidad creciente de la economía y del equilibrio político mundial: todo reclama una acción decidida: afrontar directamente los obstáculos, saber nombrar las fallas para erradicarlas.
No es momento para distraer la atención. Urge poner los grandes problemas que enfrentamos en el centro. De lo contrario, perdemos la oportunidad de atenderlos, de generar conciencia y establecer rutas eficaces para solucionarlos.
No se trata de mirar el mundo de modo pesimista. La esperanza solamente se construye si pisamos con firmeza la realidad, la escudriñamos y encontramos las oportunidades que se entreveran con los retos.
Ojalá encontremos el modo de situar nuestros verdaderos desafíos en el centro del debate público. Puede ser un buen momento para mirar con intensidad la realidad y, una vez más, convencernos de que la única conducta que podemos modificar es la propia.
Solamente se pueden resolver las dificultades nombrándolas y actuando sobre ellas.






