Vivir bajo la luz
Nunca en la historia ha sido tan fácil la comunicación de sucesos. Vivimos momentos en los que todo puede aparecer a la luz de todos en cualquier instante. Todos hemos cobrado una conciencia de que es difícil mantener algo en secreto o en la intimidad. Cualquier asunto puede convertirse en materia de dominio público. Vivimos dentro de mundos virtuales que pueden volverse virales con gran facilidad.
El mundo on line ha invadido y sustituido, crecientemente el ámbito presencial. Durante siglos fue imprescindible ir al mercado para adquirir bienes, presentarse en el banco para realizar una transacción, hacer una fila infinita para cumplimentar un trámite o más impresionante para ir a trabajar. Hoy muchas de esas actividades pueden hacerse desde la comodidad del escritorio de la propia casa. Se puede vivir conectado y distante, se puede escribir en privado y terminar haciendo una declaración pública.
El mundo virtual facilita muchas situaciones en la vida. Al mismo tiempo borra fronteras que antes parecían infranqueables. No obstante, permite mantener una cierta sensación de que se trata de un espacio que no es completamente real, donde cabe expresarse de un modo imaginativo y sin repercusiones reales. Permite, de modo inconsciente, cierto desdoblamiento de la personalidad y funciona, muchas veces, como desinhibidor de la personalidad.
Hay una vieja historia contada por Platón. Giges encontró un anillo que le permitía ser invisible. De ese modo podía hacer una serie de acciones sin que nadie le pidiera cuentas de su actuar. Esa es la quimera en la que muchos viven. Tantas veces se piensa que hay lugares donde nadie puede irrumpir, donde es posible ser uno mismo. La confidencialidad depende más de los participantes que del medio donde se realiza. La discreción es una virtud personal, no una característica de un mundo virtual.
En otros periodos de la historia existía la amenaza del pirata. Unos fieros navegantes que optaron no por descubrir mundos nuevos, ni por generar nuevas rutas de comercio y sí por interceptar a los audaces y despojarlos de las riquezas que, con su arrojo, el riesgo de su vida y su esfuerzo habían forjado. El pirata inventó el atajo para obtener los bienes logrados por otros.
En la virtualidad existen unos nuevos piratas, algunos les llaman hackers. Tienen el poder, con el bajel de su pericia, de penetrar en los muros, aparentemente inaccesibles, de nuestra nave virtual. Pueden llegar al abordaje, hacerse del control y despojarnos de nuestra identidad, nuestros bienes o nuestra información.
Con un mundo tan proclive a compartir información por todos lados, donde abundan los piratas capaces de extraerlo todo, no es extraño que surjan nuevos modos de extorsión. Hay quienes pueden hackear, resulta elegante el nombre, cualquier sitio, nube o lugar donde se ha ido acumulando los datos que facilitan la explotación de un negocio y pedir por ellos un rescate.
El mundo de lo ilícito no se queda solamente en la realidad presencial, también acontece en nuestras redes. Nada de lo que escribimos en internet nos pertenece plenamente. Puede aparecer en cualquier lugar, en cualquier momento.
Vivimos como nunca bajo la luz. No obstante, no se advierte que eso favorezca conducirse con verdad. Es llamativo observar cómo los gobiernos mienten con fruición y gran facilidad. No se sabe si las mentiras están dirigidas para engañar a los gobernados o son el recurso más seguro para el autoengaño. En un mundo lleno de información por doquier, no hay mejor modo de descreditar un dato que con mil que lo contradigan. Vivimos, todavía, bajo el impulso de la propaganda.










