A veces se cree que han desaparecido, esos locos entregados a la utopía de un mundo más justo, a la defensa de las causas que nos dignifican como humanos, y ahí están, esos locos y locas que entregan su cabeza al sueño. Cuando la realidad se muestra más dura, con más desengaño, con desgarrantes dudas sobre la honestidad y la coherencia, aparecen de la nada un Zapata, un Gandhi, un Luther King, un Ché, como ahora el caso de Mandela, seres que se convirtieron en referencia y que pareciera para muchos jóvenes y viejos,  que no significaron nada.

Existen héroes anónimos que saben que esos locos no fueron superados, tampoco los demonios contra los que ellos lucharon, si vemos que la opresión, los explotados, (es raro que ya no se utilice la palabra explotado, como si se la hubiera borrado del léxico comunicacional, como obsoleta, quizá porque la explotación ya es una condición asumida, alcanzando el nivel de “quiero trabajo, aunque me exploten”), los sin nada, siguen creciendo.

Los referentes como Mandela, sirven para saber que hay una puerta de ética y de humanismo  que ciertos seres abrieron y que por ahí podemos pasar todos, ese es el modelo, eso enseñan, no como una cuestión liviana o mediática de estrella de cine o de qué lindo, “se pasó tantos años en la cárcel por defender a sus negritos, qué resistencia, de los negros siempre se dijo eso, que aguantan más que los blancos y él lo hizo, qué terquedad”. Lo más común es idolatrar a un luchador social y ponerlo como figurita en el “álbum de los equivocados” en un mundo que ya está hecho a la medida  de los que le venden a la sociedad el recuerdo, el símbolo de un hombre o una mujer que fueron a contracorriente, pero así les fue,  por una causa perdida, de locura. Aunque  paradójicamente, por otro lado, esos referentes fueron combatidos por los mismos que hoy los promueven como la gente “buena” que le hace falta al mundo, claro, ya muertos. Es una manera hipócrita de homenajear al enemigo, que sucumbió a la lucha por la dignidad.

Siempre hubo gente que no sabe lo que quiere, que vive su ignorancia como una condena, pero en la actualidad, donde los referentes parecen haber desaparecido, los ignorantes hacen gala de su pequeñez cerebral sobre todo en política, como si eso los identificara más con el pueblo. ¿Cómo les va a interesar la educación y la cultura a quien sostiene que esas premisas no son necesarias para ejercer el poder? En México, cada día toma más fuerza esta idea en la mayoría: todo debe ser superficial, frívolo, elemental, primario, para que ellos, los ignorantes, continúen siendo la nueva clase dominante, para lo cual, hay que imponer morbosas reglas: la incultura, el salvajismo, la degradación del ser humano, el terror. Todo esto siembra la aparición de los nuevos locos, los que pertenecen al “álbum de los equivocados” los que no tienen miedo, los que no creen en la oferta y la demanda, sino en las personas y sus capacidades, en el amor y la ternura, tan gastados pero tan necesarios, la entrega de los rebeldes con causa: los únicos que todavía creen en una transformación social. (P.S.A.)